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Parido
es el niño el día de su santo.
Su tío materno, sólo él, lo duerme
con facilidad.
Ya camina. En un hotel de Santiago del Estero se escabulle
por los corredores.
Queda constancia fotográfica de su satisfacción
montando burrito en Río Ceballos, sostenido por su
papá.
Se entretiene rompiendo papeles, arrojando monedas y jugando
con un cesto de mimbre y broches para la ropa. Sigue costándole
conciliar el sueño.
Hace palotes un poco antes de cumplir cuatro años,
guiado por una maestra jubilada. Lo operan de las amígdalas.
La mamá cuenta en una postal gigante, con motivo ciudadano,
enviada a una cuñada, que su hijo extraña
cuando el micro del jardín de infantes, los días
feriados, no lo viene a buscar tempranito. El hijo, en cambio,
disfruta mórbidamente quedándose en la cama,
en especial, durante esas mañanas de calamitoso invierno.
Cursa el colegio primario salteándose primero inferior.
Sufre cuando su padre abandona el hogar y la madre llora y
maldice. Lo operan de un sobrehueso en una sien.
Se alegra cuando el padre retorna. Persisten sus dificultades
para descansar mientras duerme. Lee Robinson Crusoe.
Recibe como regalo de reyes su primera bicicleta. Lo sorprende
y emociona. Estrábico, acude a un oftalmólogo,
quien detecta astigmatismo. Usa lentes.
Estudia piano y flauta dulce. Pero, con intensidad, sólo
prosigue el estudio del piano. Lee a Evaristo Carriego.
Inicia el colegio secundario. El y su primita, en secreto,
se imaginan casados y papis. Las pesadillas lo hostigan.
Compone un tema musical. Colecciona estampillas. Aprueba materias
con notas mínimas. Se corrige su estrabismo, operándose.
Es desflorado sin contemplaciones por una amiga de su prima,
mucho más práctica. Se reitera con la misma
persona la experiencia genital. Vende su colección
de estampillas. Lee el tomo uno de En busca del tiempo
perdido.
Fallece la madre. Anda por las calles durante la noche en
que es velada. Amengua su interés por el piano. No
atina a ocuparse de los trámites de internación
de su padre en un sanatorio.
Se aleja por completo de la música. Culmina con zozobra
el colegio secundario. Intenta en vano concentrarse en la
lectura del Quijote.
Zafa del servicio militar. Trabaja en una empresa inmobiliaria.
Mantiene contactos aislados con algunas chicas.
Después de pasar un domingo de sol en el country
donde su patrón había inaugurado una formidable
casa de tejas azules, y percatarse de que cada miembro adulto
de la familia del patrón dispone de su propio automóvil,
queda perturbado. Segundo intento con el Quijote.
Escribe, a un amigo radicado en Austria, frases que llaman
su atención en la relectura de la carta. "Redacción
elegante en ese breve tramo", califica en la posdata.
Este es el tramo: "Oh, por cierto, dormirme no es muy
sencillo para mí. Antes debo leer. Cansarme leyendo.
Casi siempre. Ha ocurrido que me he quedado leyendo por horas,
antes de deponer mi condición vigilante".
Trabaja en el Banco de Galicia: con sus respuestas al interrogatorio
al que es sometido en el examen ideológico previo a
su ingreso, logra que no se sospechen sus simpatías
por el socialismo. Fallece su padre. Conoce a Beatriz. Se
enamora. Pero no es debidamente correspondido. Concluye con
la lectura del último tomo de la novela de Proust.
Es operado por un cirujano odontólogo de abscesos en
ambos lados de la base de la nariz. Se desmoraliza cuando
se convence de su carencia de talento para ganar "dinero
grande". Fallece el tío materno que lo dormía
con facilidad.
Consigue un segundo empleo atendiendo un kiosco. Se angustia
asistiendo a la proyección de un film en el que una
camarilla de oligarcas escarnece a un hombre humilde. Recuerda
a otro infeliz con el que también se había identificado:
en una festichola de copetudos, Luis Sandrini era dejado en
calzoncillos.
Traspone los límites de Argentina: visita Asunción.
Cuando supera, con inconvenientes, las quinientas páginas
del Quijote en su tercer intento, y en franca rentrée
con aquella Beatriz que parece ahora atraída por él,
fallece, mientras es operado de peritonitis.
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