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En el conflicto desatado a partir del más reciente
aumento de las retenciones a las exportaciones agropecuarias,
quedó al desnudo la fragilidad de las convicciones
democráticas de amplios sectores políticos y
sociales del país.
En las calles, en los bares, al interior de cada casa y de
cada lugar de trabajo, floreció un inusual -y, a priori,
saludable- grado de discusión política.
Lo penoso es que aquella súbita efervescencia estuvo
atravesada por la intolerancia.
Junto al necesario debate, emergió la descalificación,
el intento feroz de acallar la alteridad, de suprimir la pluralidad
de ideas y de opiniones, de sepultar a la otredad.
El accionar patoteril de los piqueteros indisimulablemente
ligados al Gobierno y, como exacta contracara, el tronar de
las cacerolas en la mismísima puerta de la residencia
presidencial de Olivos, con manifestantes que, incluso, reivindicaban
la etapa más oscura de la vida nacional, fueron apenas
las puntas del iceberg de intolerancia construido con empeño
por la mayoría de los argentinos durante los primeros
días de este gris otoño: por detrás de
los focos periodísticos, corrieron océanos de
intolerancia.
Dos ejemplos "bien modernos" de descalificaciones,
provenientes de sendas cadenas de mensajes de texto (SMS)
de ciudadanos, que llegaron al celular del periodista que
escribe estas líneas.
El martes 25 de marzo un SMS me convocó a marchar "a
favor de Cristina y en contra de la oligarquía".
Un par de preguntas me dieron vueltas por la cabeza: ¿Acaso
los pequeños y medianos productores enrolados en la
Federación Agraria Argentina (FAA), una de las principales
entidades que sostienen el paro rural, son oligarcas? La FAA,
junto a la progresista CTA, impulsa desde el año pasado
la "paritaria social", una propuesta que aboga por
la redistribución del ingreso de modo más audaz
que el "pacto social" planteado por el oficialismo.
En noviembre pasado, en el marco del lanzamiento de la iniciativa,
se mostraron juntos el titular de la FAA, Eduardo Buzzi, y
el líder de la Federación de Tierras y Viviendas,
Luis D'Elía.
Asimismo: ¿Los numerosos chacareros que en octubre
último votaron a CFK en las provincias de Buenos Aires,
Córdoba y Santa Fe -todos ellos, territorios gobernados
por kirchneristas o aliados- son oligarcas?
Vuelvo a revisar mi celular: otro mensaje. Esta vez, es el
atardecer del jueves 27 de marzo y Cristina está hablando
en el atril de Parque Norte. "Salgamos a protestar a
favor del campo y en contra de la kretina (N. de R.: así,
con K de Kirchner). Es cadena nacional" ¿Esa es
la forma democrática de dirigirse hacia quien fue elegida
primera mandataria legítima e indiscutiblemente, gracias
al voto popular, apenas cuatro meses atrás? Amén
de la investidura presidencial, me repiquetea este otro interrogante:
¿Es un cretino (ya sin K), el que piensa diferente
a uno?
Articulado así el escenario, todo quedó circunscripto
a una lógica maniquea, en la que desaparecieron los
grises, como si no hubiera matices posibles.
Se estaba con el Gobierno o contra él. Se era pueblo
u oligarquía.
En ese esquema reduccionista, el que piensa diferente es concebido
como un enemigo al que hay que aniquilar, y no como un adversario
con el que hay que discutir. Y allí, la que pierde
es la democracia argentina, que no puede abandonar el estadío
de adolescente.
Una eterna adolescente que, pese a haber traspasado ampliamente
la mayoría de edad, aun no zanja sus diferencias con
el diálogo civilizado, sino a los golpes de puño.
A riesgo de terminar este análisis periodístico
como una homilía clerical, y asqueado por la violencia
de todo tipo vivenciado en la víspera, enfatizo en
la necesidad de convocar a la reflexión y el diálogo
plural. Parafraseando no al General, sino a CFK: "A la
intolerancia se la combate con mucha, muchísima convicción
democrática".
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