| Aquel que tuvo
la buena intención de disfrutar un día de democracia
bajo el sol y en familia no lo pudo lograr de ninguna manera.
El escenario de los colegios argentinos mostraban todos, o casi
todos, una misma imagen: calles colapsadas por grandes masas
humanas acaloradas que esperaban ser llamados para poder ELEGIR.
Quejas, fastidios e insultos. Una muy mala manera de encontrarse
horas más tarde frente a un cuarto oscuro que tras desordenados
bancos escolares mostraban un sin fin de boletas de diferentes
candidatos (aunque extrañamente muchos representando
una misma línea política), y que a su vez se repartían
en otro sin fin de cargos para elegir. Por supuesto, que esto
no fue así en todos los casos, algunos sitios, es probable
que hayan decidido esconder boletas para que la gente no se
sintiera tan abrumada.
Indudablemente, el elector, que ya se encontraba bastante
desorientado por: 1) campañas políticas poco
claras, sin programas ni equipos de trabajo serios para proyectar
el futuro; 2) actos políticos vergonzantes, donde el
90% de las personas concurrentes estaban pagos, adornados
con escandalosos carteles, binchas, gorros y remeras haciendo
el ridículo (aunque no tanto como los que se encontraban
del lado del escenario); 3) silencios y ausencia casi absoluta
de propuestas o debates para que la población pudiera
adquirir mayor información acerca de los candidatos,
algo un poco más profundo que afiches vistiendo la
ciudad y slogans sin sentido; 4) una fuerte desmotivación
al sentir que todo en las elecciones ya estaba decidido, lo
cual llevó a que muchos dejaran de votar por convicción
y lo hicieran por estrategia; vivió su día electoral
de la misma manera.
Todo lo ocurrido luego de las siete de la tarde, horario
sorprendente de finalización de la votación,
no varió de tinte. Un acto de victoria peronista sumamente
moderado, con un discurso templado, y muy pocos militantes
festejando. Un tercer puesto celebrando a las apuradas un
segundo lugar que terminó finalmente por no corresponderle.
Un segundo puesto retrasando su discurso esperando a que Dios,
tan citado en campaña, le realice un milagro.
La Argentina aspira ahora a que este gobierno que se prolongará
cuatro años más, y que ha cambiado el rostro
desviado por uno más armonioso y femenino, no resulte
tan confuso como todo lo que se produjo en estos meses de
cataclismo electoral.
Más del 40% se encontrará feliz y entusiasmado
por los años venideros, y el otro 60% deberá
esperar hasta el 2011 para intentar llevar a su candidato
a la victoria. A no desesperar, que todavía queda un
largo trecho y, aunque no sería justo decir que esto
recién comienza, puesto que los Kirchner aún
quedan en el gobierno, sí es correcto señalar
que se abre una nueva etapa. Ojalá sea más clara.-
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