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En principio (aún falta ver
en concreto la letra del Proyecto) resulta absolutamente lógico
encarar un 'Plan de Uso Racional de la Energía'. Promover
un comportamiento de la sociedad acorde con la preservación
de recursos que son estratégicos es deseable y, en
todo caso, corresponde preguntarse por que tardamos tanto
en llegar a definiciones como el cambio en el huso horario,
que son costumbre en buena parte del mundo y sobre todo en
países que se encuentran en posiciones respecto a la
Línea de Ecuador similares a las nuestras.
Sin embargo, no podemos dejar de señalar que estas
estrategias, que por lo general se concentran en la decisión
de reducir o limitar la 'demanda de energía', chocan
con una actitud oficial que elude la necesidad de replantear
las condiciones de la oferta y, más concretamente la
matriz energética. En este sentido, el predominio del
interés privado sobre un recurso esencial y estratégico
como la energía, ha hecho que Argentina exhiba hoy
una matriz energética que es, a no dudarlo, de las
más vulnerables e irracionales.
Prácticamente el 90% de la energía que consumimos
depende de los hidrocarburos (petróleo y gas). Obsérvese
que mientras esta es la situación de nuestro país,
Brasil cubre un 60% de sus necesidades con energía
hidroeléctrica, Francia abastece un 80% de su demanda
eléctrica con el aporte nuclear e incluso el 40% de
la demanda energética de los EEUU se cubre con carbón.
Argentina dispone de todos estos recursos, pero, gracias al
proceso de privatización y desregulación del
sector, depende casi exclusivamente de los hidrocarburos y
carece de un programa consistente de inversiones que permita
despejar las dudas sobre nuestro futuro en la materia.
Es más, en lugar de asistir a un proceso que permita
recuperar el papel del Estado en el uso del recurso hidrocarburífero
y de favorecer la creciente captura de una renta petrolera
de más de U$S 17.000 millones, que sería clave
en el financiamiento y consolidación de la matriz energética
que necesitamos, no solo se mantiene y profundiza la 'regulación
menemista del sector' sino que, además, en lugar de
recuperar YPF se le abre paso a la denominada 'argentinización'
de la empresa que, en la práctica, no es más
que una reprivatización.
Bajo esta falacia de la argentinización el Gobierno
libera a Repsol de sus incumplidos compromisos de inversión
y, a la vez, favorece a un amigo del poder como el Grupo Eskenazi.
Después de que Repsol consumiera la mitad de las reservas,
obtuviera ganancias extraordinarias que le permitieron recuperar
con creces lo invertido en la compra de YPF, cuando ha llegado
el momento de invertir y no de saquear, es cuando para Repsol
ha llegado la hora de irse. Por eso tasa en U$S 15.000 millones
el paquete accionario y vende, para solventar con esos recursos,
su expansión en otros lugares del mundo.
En un contexto de indisimulable crisis energética,
donde sería indispensable recuperar el petróleo
y el gas argentinos para el usufructo de nuestro pueblo, nada
de lo que se está discutiendo alrededor del tema supone
modificación alguna en la política de depredación
del recurso (por ejemplo; es inconsistente plantear un uso
racional de la energía y favorecer exportaciones de
hidrocarburos que no tenemos) y para nada supone una modificación
en los términos de la apropiación privada de
la renta petrolera. Esta seguirá siendo privada (de
Eskenazi) y no pública. Pero lo más absurdo
del caso es la pasividad del Estado argentino frente a la
venta de una empresa cuyo activo principal es casualmente
la concesión de yacimientos petroleros que son de propiedad
y dominio del Estado. Es decir, Repsol está vendiendo
lo que es nuestro como si fuera propio.
En síntesis, en lugar de recuperar el manejo soberano
de un recurso estratégico para que toda la sociedad
se comporte 'racionalmente' en materia energética,
se busca el comportamiento racional de particulares y del
propio Sector Público y se permite la 'irracionalidad'
y el saqueo a manos de los intereses petroleros. Ahora, incluso,
incorporando a aquél empresario que, en su momento,
asesorara a Néstor Kirchner cuando este vendiera las
acciones que la Provincia de Santa Cruz tenía en YPF.
Por cierto, queda claro al observar la historia del Grupo
familiar Eskenazi, que más allá de su cercanía
con los Kirchner, la aptitud para el negocio financiero es
parte de su historia. Lo que en su historia no existe es vínculo
alguno con la producción petrolera.
UNA RADIOGRAFÍA DEL GRUPO PETERSEN-ESKENAZI
La información respecto a la composición del
capital accionario de las firmas, indica con claridad que
el Grupo Petersen - Eskenazi es básicamente un grupo
económico familiar donde:
Enrique Eskenazi (cabeza del grupo) posee el 97,87% del capital
de Petersen Thieve & Cruz SA (la empresa constructora)
y el restante 2,13% del capital lo posee su esposa Silvia
Storey de Eskenazi. A su vez esta empresa posee:
a) el 55% del capital de la firma Mantenimiento y Servicios
SA (también constructora) siendo el restante 45% propiedad
directa de Enrique Eskenazi.
b) el 99,98% del capital de Santa Sylvia SA (la empresa agroindustrial
de vinos y aceites), y
c) del 3,34% del capital social de América Latina Logística
Mesopotámica, la empresa ferroviaria transportadora
de cargas que recientemente recibió la aprobación
por parte de la Cámara de Diputados del Acta Acuerdo
de renegociación contractual con el Estado Nacional.
Por otra parte, este grupo empresario posee el 29,65% (el
27,30% Enrique Eskenazi y el 2,35% su esposa Silvia Storey
de Eskenazi) del capital social de la firma Tormey y Silvera
Sociedad de Hecho, empresa productora de cereales. Puede observarse
una clara estrategia de integración horizontal del
grupo: en el conviven la participación accionaria de
empresas cerealeras, de transporte ferroviario y de construcción.
Por el lado de los servicios sobresalen nítidamente
los intereses financieros y bancarios del grupo. Así,
Enrique Eskenazi posee el 87% del capital de Administradora
de San Juan SRL (empresa financiera proveedora de tarjetas
de crédito) y el 87% del capital de la financiera Valorar
SA. En la esfera bancaria la firma más importante del
grupo es Petersen Inversiones SA (PISA) , cuyo capital accionario
se divide en un 81,46% en poder de Enrique Eskenazi, un 16,77%
en poder de Sebastián Eskenazi (hijo) y un 1,77% en
poder de Silvia Storey de Eskenazi (esposa). A su vez, esta
firma posee el 69,13% del capital del Nuevo Banco San Juan,
quien a su vez posee el 51% del Banco de Santa Cruz SA y del
93,39% del Nuevo Banco de Santa Fe SA, que a su vez posee
el 64,4% del capital del Nuevo Banco de Entre Ríos
SA. Se trata como puede observase de una estrategia empresaria
expansiva en el terreno de la banca minorista de dichas provincias.
Del lado de los servicios el Grupo Eskenazi posee el 100%
(90% Enrique Eskenazi y el 10% restante su otro hijo Matías
Eskenazi) de Estacionamientos de Buenos Aires, empresa que
brinda servicios para las playas de estacionamiento y el 100%
de la firma Marviol SA (el 95% lo posee Sebastián Ezkenazi,
hijo de Enrique Ezkenazi quien posee el 5% restante), empresa
dedicada a los servicios del transporte aéreo.
Por último, hay que destacar que en los 87 años
que dice el Grupo que viene operando en la Argentina (según
la solicitada publicada en El Cronista Comercial de fecha
29/09/07, aunque en rigor la fecha de fundación de
su empresa más añeja es de 1941) nunca operó
en el sector de la energía en general y menos en la
de hidrocarburos. Más aún, la única empresa
que en este rubro posee el Grupo es la firma Petersen Energía
SA fundada en el 2006. Lo expuesto revela la nula experiencia
en el sector de hidrocarburos del nuevo socio en la privatización
de YPF.
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