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China, Corea y Japón: ¿La democracia necesariamente llevó al crecimiento económico?

El presente trabajo de investigación de la analista política y futura politóloga Carolina Dávila, se centra en la situación de los países del Este Asiático en el período de la posguerra y las diferentes políticas que se desarrollaron hasta finales del Siglo XX. También, se plantea si existe o no un vínculo entre los proyectos y el crecimiento económicos, y el tipo de gobierno. ¿Existe una conexión entre desarrollo económico, partidos políticos y proceso de democratización?, ¿un gobierno democrático necesariamente lleva al crecimiento económico de un país?, ¿una economía cerrada tendrá en un mundo globalizado peores resultados para su propio crecimiento?, ¿capitalismo y socialismo pueden convivir en un mismo país?, y ¿la democracia determina pautas económicas?

China

Luego del triunfo aliado en la Segunda Guerra Mundial, el país se vio atravesado por múltiples conflictos que acarreaba desde 1927 y detonaron en la Revolución de 1949. Allí se enfrentaron dos sectores importantes que darían comienzo a una nueva etapa. Por un lado, los nacionalistas del Kuomintang, encabezados por el general Chiang Kai-shek, y el Partido Comunista Chino de Mao Zedong, obteniendo éstos últimos la victoria e instaurando la República Popular China.

La transformación productiva de China (de un país agrario a uno industrial) conllevó una serie de errores y aciertos, que pusieron en tela de juicio las políticas económicas de Mao, más allá de su popularidad y el culto que recibió por ser un gran líder.

Además, su intervención en la Guerra de Corea (1950-1953) reivindicó el posicionamiento de China y la consolidación de la autoridad del régimen. La conquista del poder y la reestructuración productiva fueron claves.

Asimismo, las políticas aplicadas en torno a la economía no lograron ser eficaces. El “Gran Salto Adelante” y el Primer Plan Quinquenal (tomado del modelo soviético) produjeron desilusiones y desengaños, llevando al pueblo a una enorme hambruna y a millones a la muerte.

Por otra parte, la “Revolución Cultural” y la campaña de las “Cien Flores” fueron el fruto de la crisis social y política, que llegó al espíritu de todos los chinos. La persecución, la falta de libertad de expresión, la violencia y la concentración de poder en un líder, que controló todas las esferas institucionales, llevaron a miles de asesinatos y el exilio de intelectuales (los que pudieron escapar). Mao parecía no tener el control si no era mediante la represión, y la cuestión ideológica señalaba el rumbo.

El fin de la era maoísta y la llegada de Den Xiaoping al poder, representaron un cambio abrupto en todo sentido. Se logró una transformación profunda de la estructura económica, mediante una política de “puertas abiertas”, entablándose relaciones con el bloque capitalista y permitiendo al sector de la industria estatal, la participación de inversionistas.

Si bien hubo mejoras en términos sociales, la crisis de los años ’90 volvió a afectar una vez más a la población. “Los resultados sociales del capitalismo chino han sido menos saludables. El progreso económico se ha cobrado un terrible precio social”, dice Maurice Meisner.

El proceso de modernización, como podemos observar, implicó un crecimiento extraordinario en términos económicos pero las deudas sociales nunca terminaron de pagarse y el llamado “socialismo”, parece representar una palabra más dentro de un sistema de gobierno de partido único, que no permite la alternancia de poder y lleva casi 70 años. Un partido que representa al estado mismo.

“Después de casi dos décadas de desarrollo capitalista intensivo promovido por el estado (e íntimamente ligado) a una severa represión política, parecería que incluso la idea de socialismo democrático está más allá de del campo de entendimiento oficial”. (Meisner, 2007, p.595).

Japón

La historia del Imperio Japonés a partir de la derrota en la Segunda Guerra Mundial, la destrucción por las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, la ocupación americana y la pérdida del control total de Corea, significó un camino de reconstrucción no sólo económico sino también social.

El confucianismo (conjunto de doctrinas morales y religiosas) fue de ayuda para entablar nuevos vínculos y levantar los cimientos de una nueva nación.

Estados Unidos llevó a cabo dos procesos: uno de modernización económica y otro de democratización. “Las reformas de la posguerra promovieron la igualdad, acercaron a los agricultores a los obreros en lo que concierne al ingreso y a grandes rasgos crearon una sociedad en muchos sentidos más justa y “democrática”, afirma Alfredo Román Zavala).

La modernidad social y política parecía iniciarse, aunque cabe destacar que la elite japonesa desconfiaba del sistema democrático y la participación de las masas. Sin embargo, se debe apreciar que el intento de implementar un sistema democrático provino del exterior.

La nueva Constitución de 1946 trajo aires de cambio, ya que se le quitó poder al Emperador, volvieron a la acción los partidos políticos (a diferencia de China con partido único) y se promovió el sufragio universal, otorgándoles a las mujeres el derecho a votar y se eliminó al ejército de la vida política.

El Partido Liberal Demócrata logró instalarse en el poder por un largo período de tiempo, con algunas excepciones. En cuanto al desarrollo productivo, los cambios en Japón fueron no sólo eficaces sino que en poco tiempo se pudieron ver los resultados. Sumado a su sistema educativo que logró transformaciones profundas, la matriz económica se destacó por la electrónica y la producción de autos. Japón pasó de un país arruinado por los conflictos bélicos a ser un gigante financiero e industrial, aumentando las demandas y el consumo.

A su vez se transformó en un gran productor de manufacturas. A partir de la posguerra, el llamado Zaibatsu (gran grupo de empresas que están presentes en todos los sectores de la economía) también fue modificado, eliminando la concentración de la producción y depuraron a sus dirigentes.

En el plano social, el proceso de “democratización” no logró derribar las estructuras tradicionales y hasta 1993, si bien se intentó modificar la práctica, “los partidos dominantes que ganaban podían modificar el sistema electoral y acordar la creación del sistema de distritos de tamaño medio que satisficiera la influencia política de cada partido político” (Zavala). La concentración de poder continúa con otros tintes. En este período, la reconfiguración de los mercados globales ayudó a Japón y aunque posibilitó la puerta hacia la igualdad política y social, quedan muchos asuntos por revisar.  

Corea del Norte

La Guerra de Corea (1950-1953) marcó uno de los conflictos bélicos mundiales más sangrientos en el período de la posguerra. Una nación que si bien recobró su “libertad” (en términos simbólicos), luego de haber sido ocupada por Japón durante 35 años y con la rendición de este país en la Segunda Guerra Mundial, no dejó de ser el escenario de una batalla entre Estados Unidos y la Unión Soviética (URSS) que desmanteló el juego de poder internacional.

Con la ayuda de China y la URSS, y la ONU de su lado, logró que los países occidentales, no se quedaran con la totalidad del territorio y fundamentalmente, que no triunfara el capitalismo.

La política norcoreana es un punto aparte en el proceso tanto de desarrollo económico como social. Sus primeros años como República Popular Democrática de Corea (RPDC) estuvieron atravesados por desafíos (Escalona Agüero, 2003 [2009]). Primero, lograr una identidad debido a que la cultura japonesa había atravesado toda la península y se tenían que asentar las bases para construir una nueva nación.

Bajo la influencia de la URSS y China, el comunismo pasó a ser el centro de toda su organización. Segundo, la ayuda internacional fue clave para alimentar a la población y generar algunos recursos de los cuales valerse, ya que no contaban con tierras fértiles que alcanzaran un desarrollo sostenible. La muerte de Iósif Stalin significó un golpe muy duro para el país porque se necesitaban sus contribuciones para salir adelante. El líder es el único que toma las decisiones, se le debe rendir culto y el cargo es hereditario. No existe ni división de poderes, ni elecciones libres, ni prensa independiente y se persigue a los opositores.

El Primer Ministro fue Kim II-Sung (conocido como Presidente Eterno de la República), quien gobernó por casi 50 años y tras su muerte dejó a su hijo al frente del país. El Partido del Trabajo de Corea (PTC), fundado en 1945, que se rige por la idea Juche, es el principal partido político y contiene elementos del marxismo-leninismo con el nacionalismo coreano y la política militar norcoreana.

La industria y el turismo como economías de enclave forman parte de sus activos y las crisis tanto alimentarias como energéticas, dieron cuenta de las desventajas de sostener un sistema económico autárquico, en un mundo actual completamente capitalista y globalizado.

Corea del Norte siempre utilizó la defensa del territorio como una estrategia en términos de carrera armamentística para presionar y además, mantener la legitimidad del régimen.

El status quo representó grandes pérdidas humanas y económicas. Más allá de los leves acercamientos con Corea del Sur y Estados Unidos es un país casi exiliado del mundo pero dependiente en momentos oscuros para su pueblo.

Corea del Sur

La República de Corea también formó parte de una estrategia global durante la Guerra Fría, marcada por el paralelo 38. El legado de la cultura japonesa, la ocupación norteamericana, la división de una nación y la lucha contra el comunismo, significaron no sólo nuevas coyunturas a resolver sino además el andamiaje para la formación de un nuevo país.

La transición de una economía cerrada a una abierta aún sigue proceso pero permitió un gran desarrollo.

La aparición de instituciones democráticas y el sistema de partidos fueron una novedad. En 1948 tuvo su primera Constitución. Las contradicciones entre los valores democráticos y una política autoritaria, heredada de la era colonial, fueron los principales motivos de malestar y lucha.

En 1948, el primer gobernante autocrático, (Primera República) Syngman Rhee, no logró un aparato burocrático y eficaz y, tampoco profundizó políticas públicas para la sociedad, que estaba en una crisis económica, aunque se mantuvo en el poder hasta 1960.

La corrupción, el atropello a los derechos sociales y el golpe de estado estuvieron presentes hasta 1993, donde finalmente termina el gobierno de facto.

La liberalización de la política y la crisis de los años ’90 fueron los condimentos que hicieron dilucidar la incapacidad para atender las demandas sociales. En cuanto a lo económico, se focalizó en un modelo centralista, seguido de un proceso de industrialización mixto, combinando la sustitución de importaciones con el fomento de la industria de exportación (López Aymes, 2002).

Corea del Sur abrió su economía al resto del mundo, sobre todo en las últimas décadas del Siglo XX, profundizando su industrialización y competitividad, mediante los cambios tecnológicos y el transporte, pero le quedó una deuda pendiente y es la construcción de un verdadero proceso de democratización.

Conclusiones

A lo largo del análisis, se pudo observar que no existe ninguna vinculación entre desarrollo económico y democracia, que capitalismo y socialismo no terminan de convivir en un mismo sistema, y, que la apertura de una economía a escala global tiene sus pros y sus contras.

China, con una economía desarrollada y abierta, no ha podido resolver las desigualdades sociales, además de ser un país donde no existe un sistema democrático.

Corea del Sur, insertada al mundo se vio perjudicada por el liberalismo económico y la crisis de los ’90 y, aunque si bien existen un sistema de partidos políticos y elecciones, la democracia sigue siendo una escultura sin terminar.

Japón, el gigante económico, con una apertura y marcada por las relaciones internacionales, no ha podido salir de un sistema político que concentra el poder.

Corea del Norte, más allá de ser un país que genera mil incógnitas, es el claro ejemplo de una democracia y desarrollo inexistentes, con una mirada puesta en el Siglo XX aún hoy y una economía que sigue siendo cerrada en términos de intercambio. El único asomo es la ayuda que recibe pero su atraso en materia de derechos humanos y productivos deja mucho de desear.

Por: Carolina Dávila, periodista, analista política y futura politóloga.

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