El Cuarto Poder

¡Quién no ha leído o escuchado infinidad de veces la expresión «cuarto poder» referida al periodismo, o quién ha oído más de una vez a algún periodista afirmar pertenecer al «cuarto poder».

La expresión es bastante antigua y se debe a un parlamentario inglés llamado Edmundo Burke, nacido en Dublín el 12 de enero de 1729. Un hombre del estado británico, orador, escritor, político, filósofo, que tuvo indudable influencia en la vida inglesa, a pesar de haber actuado permanentemente en la oposición.

Según declarara en alguna oportunidad Winston Churchill, «durante años, Burke fue una voz que clamaba en el desierto, vos que a menudo alcanzaba tonos de frenesí. Orador digno de ponerse a la altura de los antiguos, incomparable razonador político, le faltaba empero dominio de sí mismo. Ha sido quizá -agrega Churchill- el hombre más grande que haya dado Irlanda, los dones que tenía, con un toque de indolencia e ironía inglesas, podían haber hecho de él el estadista más grande de Gran Bretaña».

Burke fue, por más de 25 años una de las figuras conductoras de la Cámara  de los Comunes, y prácticamente, uno de los dos o tres miembros de ese cuerpo más escuchados en cada debate, ya que no había tema en el que no interviniera. Tenía una vasta información y el tacto y la flexibilidad de los grandes oradores para manejar complicadas anotaciones, con absoluta naturalidad, manteniendo la atención constante de sus oyentes.

Hijo de un próspero abogado protestante y de una madre católica, hizo sus primeros estudios en Dublin, pero en 1750, a los 21 años se trasladó a Londres para estudiar leyes, y se gradúo de abogado en el Middle Temple.

Pero no fue esa la profesión de su vida. Lo atraían las letras y a ellas se dedicó por entero al comienzo, hasta que compartió esa inclinación en una pasión por la política.

Su primer escrito, Vindicación de la Sociedad Natural, publicado anónimamente en 1756, era una sátira del estilo y del sistema social del vizconde de Bolinbroke, y su Investigación sobre el origen de nuestras ideas de lo sublime y lo bello, un interesante estudio de la teoría estética, aparecido al año siguiente, lo consagraron como un  hábil escritor, y fue a causa de tal reputación que intervino en las publicaciones de la revista Annual Register, de Dodsley, surgida en 1758, y en la que Burke escribió la mayor parte de sus textos, incluyendo sus famosos artículos históricos.

A la Cámara de los comunes ingresó en 1765, a los 36 años, pero su primer amor, las letras, siempre le contaron entre sus cultores, aunque sólo en sus momentos de ocio o de gran efervescencia.

Su primer discurso en el Parlamento fue un verdadero suceso pues reveló de lleno sus extraordinarias dotes de orador. Desde ese momento se convirtió en el líder de un influyente grupo de parlamentario, los «Rockingham whigs«, y por más de tres lustros fue el orador de ese conjunto de figuras de clara tendencia conservadora.

Burke dijo en una oportunidad con absoluta convicción: «Señores: es ciertamente la mayor felicidad y gloria de un representante en Cortes, vivir en la más estricta unión, en la más íntima correspondencia, y en la franca comunicación con sus electores. Sus deseos deben pesar sobre él en un modo poderoso: su opinión ha de ser respetada, sus asuntos atendidos sin dilación; tiene el deber de sacrificar su reposo, sus planes, sus satisfacciones y, especialmente, preferir en todos los casos los intereses de aquéllos a los propios. Pero su opinión imparcial, su meditado juicio, su conciencia inspirada, no deben sacrificarse ni a vosotros ni a hombre alguno. No se basan ni derivan de vuestro deseo ni de la ley ni de la Constitución. Existe un don inspirado por la providencia de cuyo abuso somos profundamente responsables. Vuestro representante en Cortes se debe a vosotros en sus acciones y en sus opiniones, pero os traicionaría en lugar de serviros si sacrificara las propias a las vuestras en todos los casos».

Y agregó: «El gobierno y la legislación son temas en que actúa la razón y el juicio, y no cuestiones de deseo. ¿y qué clase de razón es ésta en que la determinación precede a la discusión. Discutir sobre una opinión es un derecho que asiste a todos los hombres; la de los electores es una opinión respetable, y el representante en Cortes debe escucharla siempre con interés, estudiarla con la mayor atención; pero las instrucciones autoritarias, aquellos mandatos formulados para que el parlamento obedezca ciegamente y vote y defienda aunque sean contrarios a las más claras convicciones de su entendimiento y conciencia, representan cosas que están el de la colectividad; donde no sirven de normas los propósitos locales, ni los prejuicios locales, sino el bien general resultante de la razón general del conjunto. Elegís un representante en Cortes, ciertamente; pero cuando lo habéis elegido ya no es un miembro parlamentario de Bristol, sino un miembro del Parlamento”.

A Burke le tocó actuar  parlamentariamente en una época extraordinaria por los acontecimientos que la caracterizaron, dos de los cuales constituyen hechos notables en la civilización occidental: la rebelión e independencia de las colonias británicas de América, es decir, el nacimiento de los Estados Unidos, y la mundialmente trascendente Revolución Francesa.

Con respecto a ambos Burke actuó descollantemente, pero además lo hizo también en otros problemas puramente ingleses que le llevaron años de preocupación, lucha y trabajo, sin tener mayores satisfacciones, pero el desarrollo de los acontecimientos posteriores habla con elocuencia de su visión de estadista para defender los intereses de su país.

Con respecto a la Revolución Francesa corresponde decir, desde el comienzo, que Edmundo Burke fue uno de los grandes europeos que advirtió, en seguida –y con desagrado por su manera de pensar la trascendencia de los acontecimientos iniciados en julio de 1789. Tan es así, que apenas unos meses después, cuando la mayoría de la opinión pública británica, desde el gobierno para abajo, simpatizaba aún con los hechos que tenían a París por escenario, Burke publicó Reflexiones sobre la Revolución en Francia, un libro de 400 páginas destinado a denunciar las proyecciones de los hechos revolucionarios. Veía lo que otros no veían: el peligro que corrían los principios de la monarquía.

Su olfato conservador y monárquico –por más opositor que fuera de Jorge III- le advertía acerca de lo que habría de sobrevenir y de lo que ni el propio embajador británico en Francia se daba cuenta. Adivinaba que la Revolución Francesa no era  un simple cambio dentro del orden, hecho con el debido respeto a la tradición –como a él le parecía que debía ser- sino un rompimiento completo con el pasado.

Sus  Reflexiones produjeron inmediatamente el efecto que se había propuesto. Surgió el debate público y con él las controversias, las réplicas y las contrarréplicas. La elocuencia de Burke y los acontecimientos franceses fueron ganándole día a día más adeptos, aunque por otro lado, discutiera en la tribuna parlamentaria con sus amigos y aliados. Los asesinatos de 1792 en París, y la inminente ejecución de Luis XVI en enero de 1793, acto con el que se inició, por así decir, el llamado año del terror, parecieron dar plena razón a Burke. Según él sostenía, en nombre de la razón se habían soltado las fuerzas irracionales. Y los ingleses, que en su inmensa mayoría se inclinan por el respeto de la ley del orden público, empezaron a cambiar de parecer. A tal punto cambiaron las cosas, que hasta se vio como necesaria, y se hizo, la guerra a la Francia revolucionaria.

Cuando esa guerra, mal dirigida, dio lugar tiempo después a que empezara a hablarse de la conveniencia de una paz negociada, la indignación de Burke –para quien los líderes revolucionarios, sin distinción, eran todos unos “ladrones y asesinos”- estalló con fuerza en sus Cartas sobre una paz regicida, pieza que junto con Reflexiones, fueron consideradas muy pronto verdaderas obras maestras de la elocuencia.

Hemos procurado trazar a grandes rasgos la figura de Burke (que se alejó del Parlamento en 1794 y falleció en 1797), para resaltar con mayor relieve el valor del contenido de la expresión que da motivo a estas líneas.

Se  ha visto que era un conservador; pero un conservador realista, liberal y sincero. Toda su vida fue un monárquico convencido, lo que no le impidió estar abiertamente en contra de los actos del rey Jorge III y actuar en consecuencia, con todo ahínco, en el Parlamento.

Puede afirmarse –apuntadas esas dos condiciones- que  su finalidad era interpretar y servir fielmente a su pueblo. De ahí que quien tuviera la misión de informar, interpretar y guiar a la opinión pública tuviera para él extraordinaria importancia. Y ésa era precisamente la función de la prensa. Fue tal vez uno de los primeros estadistas del mundo que se dio cuenta de ello, y concretamente, el primero que lo dijo en una tribuna de tanta resonancia como era la Cámara de los Comunes.

Thomas Carlyle lo recuerda en su Tratado de los héroes, de su culto y lo heroico en la historia. Bunke pronunciaba un discurso en el que, después de decir que en el Parlamento se hallaban representados tres estados, dirigió la mirada hacia la galería en la que se encontraban los cronistas y dijo que “allí se hallaba sentado un cuarto estado, quizá más importante que los otros tres juntos”. Burke usaba la palabra “estado” como sinónimo de “poder”. Por tal motivo losn periodistas norteamericanos Philip W. Porter y Norval Neil Luxon, en El repórter y las noticias, al mencionar el hecho, hablan de “cuarto poder” y no de “cuarto estado”. Sería un error, sin embargo, suponer que Burke, al hablar así, tenía en vista los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, que era la organización de gobierno que iban a darse las ex colonias británicas de América. Por esa época en Francia se hablaba también de tres estados; pero  éstos eran los de la nobleza, el del clero y el del estado llano o del pueblo.

El “cuarto poder”, al que también hizo referencia, años más tarde Thomas Macaulay en su Historia de Inglaterra- que en vida de Burke se hallaba, podría decirse, en su primera infancia, es ahora un adulto plenamente desarrollado, y tan valioso  para la comunidad, que siempre existen gobiernos que se empeñan en ponerlo a su servicio, en desquiciarlo, o suprimirlo si no se somete. De su equilibrio y tino, así como de su integridad moral, depende su subsistencia como tal; pero esa subsistencia requiere a su vez de la libertad de prensa, que es como su esencia vital. Sostenerlo, pues, es deber de toda sociedad ya que al fin de cuentas, el “Cuarto Poder” es el escudo de las demás libertades que honorable y digna la vida de todos los ciudadanos.

A largo plazo siempre ganara la verdad. Tal vez el periodista pueda pensar en que su trabajo ha fracasado al suministrar material para la historia, pero la historia no fracasará mientras él esté con la verdad.

La ética es la moral de la conciencia y lo hará intentar entender las motivaciones de todos los implicados en una situación.

Por: Ernesto Martinchuk (Socio fundador de la Asociación de la Prensa Parlamentaria de la Argentina)

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