«Estamos ante el declive de un pueblo fuerte»

“¡Quién siembra miseria, cosechará rabia y violencia!”. Este pensamiento fue expresado por una desocupada mientras, acompañada por sus pequeños hijos, cortaban una calle –junto a decenas de personas- en La Matanza, reclamando fuentes de trabajo. Una fotografía de la realidad que se repite a diario en todo el país y merece que pensemos y trabajemos para mejorarla.

¿En qué sociedad queremos que vivan nuestros hijos?

¿Cómo defender el acceso al saber y al empleo para todos los jóvenes que hoy sólo tienen la opción de irse del país, hacer “changas” o ser “soldaditos narcos”?

¿Cómo garantizar una escuela pública –esencial, sin contenidos militantes y adaptada a las necesidades del siglo XXI?

¿Cómo combatir la corrupción en la política, la justicia, el sindicalismo y el Estado?

¿Cómo luchar por los derechos, pero también por las obligaciones de todos los ciudadanos?

¿Cómo hacer respetar lo público?

¿Cómo eliminar el analfabetismo social?

¿Qué calidad de servicios públicos deseamos?

¿Qué Argentina pensamos para el mañana?

¿Nuestros políticos están a la altura de las circunstancias; analizan los reclamos de la sociedad?

¿Debemos continuar con el sistema presidencialista o deberíamos tener un Primer Ministro?

Todos estos desafíos nos exigen una respuesta que no pueden instrumentarse por las leyes del mercado. Estos deben elaborarse a través del debate, la confrontación y no por el veredicto de algunos “expertos”.

Cada día se confirma que somos un país subdesarrollado, con una economía inestable, con irresponsabilidad fiscal y desequilibrios monetarios. Con una justicia débil e ineficiente, bajos niveles de educación, instituciones endebles, desempleo en constante aumento, y la existencia de una economía marginal. Un sistema electoral poco transparente, corrupción de políticos, empresarios, sindicalistas, empleados públicos y privados, a lo que debemos sumar un permanente desacuerdo social, y un narcomenudeo que invade todos los rincones del país.

Despedirnos de nuestro pasado

Ninguno de los políticos que votamos, parece darse cuenta que hace 80 años que entramos en una espiral descendiente en casi todos los aspectos de nuestra vida cotidiana. Estamos en una constante vuelta al pasado. Somos un país cuyos dirigentes no miran al futuro.

Seguro que ésta clase dirigente no podría actuar en países como Alemania, Japón, Nueva Zelanda o Canadá. Lo que sucede en el Congreso Nacional es el reflejo de nuestra sociedad. Dejamos de ser ejemplo del éxito para convertirnos en el ejemplo del fracaso. Con una justicia militante donde la impunidad se abre camino al compás de derribar jueces que no sean amigos del poder, al igual que “los funcionarios que no funcionan” a los designios del poder. Un político cambia de partido para defender sus principios, aquí se mantiene eternamente para defender sus privilegios. Nunca para sentar las bases para más allá de la gestión presente. Hemos sido  testigos de cómo ridiculizan a la víctima para luego atacarla porque en tiempos desesperados –siempre- se toman decisiones desesperadas.

Argentina vive momentos de enorme incertidumbre. La economía, la inseguridad, la pandemia, y la política no nos brindan estabilidad o un pronóstico certero de nuestro futuro inmediato. Argentina parece ser una cascarita de nuez en el océano.

Toda persona debe examinar consigo mismo las ventajas y desventajas de sus acciones. Un acto de injusticia es casi siempre un reconocimiento de importancia que se hace uno a sí mismo, y no hacen falta muchos reconocimientos de este género para revelar al enemigo el lado más vulnerable de un alma. Hasta cuando seguiremos en manos de un puñado de delincuentes que no dudan en hacer sus negociados, saquear el país y enriquecerse sin el más mínimo escrúpulo ético y moral.

Cometer una injusticia para obtener un poco de gloria, es reconocer que no es posible que se merezca lo que se desea o lo que se posee. Es confesar que no ha sabido desempeñar el papel que ha escogido.

El desocupado virtual

La relación entre desempleo y delincuencia no es mecánica y no podemos negar que estas violencias urbanas a las que nos vemos sometidos a diario, tienen su origen en el desempleo,  la pobreza, la falta de educación y la precariedad social generada durante muchas generaciones.

Aquel que ha perdido su trabajo es virtualmente un desocupado permanente, un excluido, condenado al asistencialismo y la ayuda social, que en definitiva es caridad.

Aristóteles decía que todos necesitamos de la vida en comunidad, menos los dioses y las bestias. Los dioses porque están por encima del mundo humano y las bestias porque están por debajo de él. Más del 45% de la población es pobre y ya está condenada por sus rostros, por sus vestimentas, por su preparación.

Somos testigos silenciosos del declive de un pueblo fuerte y nuestros dirigentes deben tomar decisiones aunque no les agraden y sentar las bases para más allá de la gestión presente. Se aprueban leyes con rapidez porque están en contra del debate. Necesitamos otro planteamiento de la política. Además de anular los fueros políticos, es necesario generar identidad nacional creando empleo genuino para evitar tantos planes de asistencia eternos y debilitar el empleo público.

El Estado todo lo puede. Desde inaugurar varias veces la misma obra pública, hasta perdonar a los que delinquen evitando su encarcelamiento o convirtiendo en mártires a los corruptos.

Todos estamos  en el mismo barco y la organización socio-política nos indica que todavía podemos optimizar nuestra democracia con las herramientas que nos brinda la tecnología. Tenemos una comunidad universitaria, académica, científica y tecnológica que supera ampliamente los conocimientos de nuestra clase política y aplicaciones para participar colectivamente. Es el momento de tomar la crisis como oportunidad, mirar más arriba del horizonte y comprometernos para encausar un país viable a nuestros hijos y nietos. Las leyes representan lo que somos y somos lo que esas leyes dictan. La gente honorable muestra su amor profundo por los demás a través de sus acciones.

La burguesía cristinista ha creado una “cultura” que se impregna en las mentes de los explotados hasta “naturalizarla”. A través del relato, el PJK ha creado una secta donde la única verdad es la que emana de su lider. El enemigo a combatir es aquel que piensa distinto.

Muchos, recordaran los golpes a Frondizzi, Illia, la dictadura de Onganía, la guerrilla de Montoneros, el final de Isabelita, el Proceso de Reorganización Nacional, la guerra de Malvinas, los golpes de mercado a Alfonsín, la Tablada, Menem, el 1 a 1, la destrucción de la red ferroviaria, cinco Presidentes en una semana, los saqueos, la dinastía Kirchner, tres crisis económicas brutales y una pandemia mundial, pero lo que nunca hemos visto ha sido al peronismo –en cualquiera de sus ismos-, creando riqueza y bienestar, salvo la de ellos mismos.

El cambio no va a surgir de esta clase política acomodada, que hace uso del tráfico de influencias… trabajando para su propio interés y beneficio. El país necesita otro planteamiento de la política que, hace mucho tiempo, está alejada de las necesidades de los ciudadanos. Es necesario empezar a valorar a las personas por lo que realmente valen, por sus ideas, sus acciones, sus propuestas, su capacidad, su esfuerzo, su honestidad, su talento y sus méritos.

El problema -decía Gandhi–  no es la gente mala que haces cosas malas, sino la mayoría de la gente buena que no hace nada y se queda en silencio”…

Por: Ernesto Martinchuk

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