Los granaderos de San Martín: “Miraban más arriba del horizonte”

Fue Domingo Faustino Sarmiento el que nos legó esta verdad, síntesis de toda la idiosincrasia de los gallardos ganaderos de nuestra patria. Estas solas palabras nos hacen contemplar su figura arrogante, que se agigantaba a los ojos vistas a sólo pocos días de estar en el cuartel bajo la dirección de San Martín.

Gran conductor de hombres fue el general San Martín. Más aún; gran forjador de soldados, como él los deseaba. Como él los “veía”. Como debían ser para escalar los senderos de la gloria. Los moldeaba espiritualmente a su capricho, insuflándoles parte de la fuerza del suyo. Engrandecidos de cuerpo y alma, haciéndoles levantar la cabeza con arrogancia y “mirar más arriba del horizonte”…

Instruidos por él mismo en la Plaza de Marte, eran sometidos a las fatigas indispensables de una instrucción tenaz, donde los músculos se tornaban cada vez más ágiles y elásticos, donde las cargas de caballería repetidas incesantemente habrían de convertirlos en verdaderos centauros, donde habían de pregustar el sabor de la lucha en el campo de batalla, y dónde habían de   asentar minuto a minuto en sus espíritus el glorioso y terrible lema de “vencer o morir”…

En la misma Plaza de Marte, en constantes ejercicios de picadero, se daban forma al caballo de guerra que los granaderos necesitaban, para llegar a plasmar para la historia, la inconfundible figura ecuestre de “el granadero de a caballo” que soñó San Martín y que moldeó sabiamente en una amalgama sublime de músculo, nervio y Honor.

Se ha dicho que San Martín hizo de un gaucho un granadero. Y esta aseveración, que a primera vista parece excesivamente arriesgada, tiene mucho de verdad.

De la misma manera que eligió sus oficiales subalternos entre lo más selecto de la juventud, eligió a los soldados por su arrogancia, su decisión y su destreza para montar a caballo, fuese cual fuere su procedencia. Y no se olvide que el gaucho, alto exponente de valentía individual, no necesitaba otra cosa que disciplinarse, subordinarse a un jefe, convertirse sólo en una célula del cuerpo con el cual combatiera. Y no es de extrañar que San Martín, con su profundo conocimiento de los hombres, supiera convertir al gaucho en “granadero de a caballo”, haciéndolo parte del alma colectiva que había de decir sobre el final de la batalla.

San Martín consideraba que quien no era valiente a toda prueba, no era digo de pertenecer, como oficial, a su querido regimiento de “granaderos de a caballo”. Para poner a prueba el coraje de sus oficiales les organizaba, de noche, asaltos y emboscadas. Los que no afrontaban la prueba con verdadera entereza, eran eliminados de inmediato.

–          En esto –decía- no puedo hacer concesiones. En mi regimiento sólo quiero leones…

Es, sinceramente, lamentablemente que la historia no haya recogido los mil y un detalles de la vida de muchos granaderos, de cada uno de estos señores del valor de la arrogancia y de la galantería que pasearon su suficiencia y heroísmo por medio continente.

Con la cabeza levantada, “mirando más arriba del horizonte”, tiene que haber tenido cada uno de ellos un algo de visionario. En esa mirada larga, plena de lejanías, abarcando más, mucho más que lo demarcado por la línea del horizonte, había ya paisajes de montaña donde se entremezclaban las visiones de las aristas crueles, de los principios sombríos, de las nieves eternas, con el tinte color de rosa de los triunfos… había hondura de océano y color de tierra extraña.

Carta ejemplar

En 1819 la guerra civil se había comenzado a encender en el país. Las desavenencias entre Buenos Aires y los caudillos Estanislao López y Francisco Ramírez, por una parte y Artigas por otra, se acentuaban. Unos y otros, como es sabido, buscaban el apoyo de San Martín. Pero el héroe de Chacabuco y Maipú, que preparaba en ese momento la expedición al Perú, les escribió una carta ejemplar instándolos a deponer sus rencores y a unirse sin reservas para luchar contra el enemigo común.

Es en esa carta donde se halla la famosa frase en que el Libertador sintetiza uno de los principios fundamentales de su acción política: “Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llaga el corazón”.

Patriotismo y generosidad

A fin de economizar fondos al gobierno y facilitar los medios necesarios para la formación del Ejército de los Andes, San Martín renunció a la mitad de su sueldo, rechazó cuanto regalo personal quiso hacérsele e inició de manera sistemática, una campaña popular destinada a conseguir los elementos de toda índole indispensables a las tropas. Lanzó, como consigna, esta memorable frase que ha recogido la historia:

–          Graduaré el patriotismo por la generosidad. Desde este instante el lujo y las comodidades deben avergonzarnos…

Los granaderos

La trayectoria gloriosa de los granaderos instruidos por San Martín en El Retiro, en la Plaza de Marte, comenzó en el año de 1813, en San Lorenzo, donde probaron de verdad sus sables “anchos en la punta, sumamente templados, de empuñadura delgada con adorable equilibrio” y previamente afilados, o “pasados a molejón”, como ellos decían.

Y se los ve en el Ejército del Norte, en Montevideo, en Mendoza preparándose para cruzar los Andes, en Chacabuco, en Maipú, y, más adelante, en Valparaíso, donde embarcaron para la tierra peruana. En Ayacucho, en el año de 1824, dan sus últimas cargas, y, de todos los que San Martín instruyó, vuelven a las tierras del Plata, sólo siete héroes. Los demás quedaron en los campos de batalla, cimentando con su sacrificio la libertad que iban erigiendo por doquier.

Y cuando volvieron esos siete hombres, San Martín ya no estaba en la patria. Había partido de la tierra que fue su cuna, hacia tierras lejanas. No ya para libertarlas. Pero sí llevando en su mirada, para siempre, la nobleza de sus aguerridos granaderos, de los que con la cabeza erguida “miraban más arriba del horizonte”.

Como esos héroes, Argentina debe mirar hoy “más arriba del horizonte”…

La figura del Gran Capitán de los Andes, presente en el bronce de las estatuas que levantó la gratitud de los pueblos liberados por su espada de guerrero y dignificados por su ejemplo de ciudadano, estará presente en nuestra mirada colectiva como la luz que señala el sendero. Las lámparas votivas que en toda la república evocan el ardor de su espíritu agitan su llama con brisas de eternidad.

Esa eternidad es la de los valores humanos que, concentrados en el héroe, hicieron de San Martín un prototipo. Esa eternidad es también la de un pueblo que tiene conciencia de la índole moral de su destino, forjado por su adalid en los campos de batalla y en todos los escenarios donde le correspondió decidir la suerte de un continente.

Vivimos este año con la onda emoción de sentir su alma en el seno de la comunidad nacional. Recordamos a San Martín en un nuevo aniversario de su pase a la inmortalidad, no para llorarlo porque se nos fue un día. Eso no ocurrió nunca. Por el contrario, repatriados sus restos, devuelto a la tierra natal lo que en él hubo de perecedero, cuanto existió en el Libertador de permanente, de inmarchitable, fuese encarnando más y más en el cuerpo común de las generaciones.

Al exaltar hoy su gloria, hagámoslo no sólo con los cánticos triunfales, sino también con el rumor jubiloso de la tarea. Pongamos en función, más que nunca la memoria: el recuerdo lo vale… San Martín nos lo exige. Es el jefe el que ordena. Sepamos escuchar su voz en el silencio de las estatuas… Sepamos escucharla dentro de nuestro propio corazón… Merezcámosla…

Por Ernesto Martinchuk, periodista, escritor y documentalista

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.