«No llores por mí…»

Una imagen vale más que mil palabras. Tiene blancos sus cabellos. Su cuerpo apenas resiste el peso de sus años. Está cansada. Representa a millones. Fue protagonista de otra época, de otro mundo. Es una mujer, y como todas las mujeres tiene algo de Dios por la inmensidad de su amor. Una mujer que cuando joven tuvo la reflexión de una anciana y en la vejez trabaja, como puede, con el vigor de la juventud. Una mujer que si no tuvo la oportunidad de estudiar, descubrió los secretos de la vida con más acierto que un sabio, y si es instruída, se ha acomodado a la simplicidad de los niños, al sentido común, que escasea hace muchos años en nuestro país. Una mujer que siendo pobre se ha sentido contenta con la felicidad de los que ama. Esta mujer que, siendo débil se ha revestido con la bravura de una leona y mientras vive, no la sabremos estimar.

“Si el niño reclama la protección porque constituye una magnífica promesa de futuro; si  el hombre, en la plenitud de sus fuerzas, ha de ser defendido celosamente en sus condiciones físicas y espirituales, como propulsor activo del progreso de la sociedad, el anciano –que ha brindado sus energías durante largos años de trabajo tenaz- tiene un derecho adquirido al reconocimiento de la colectividad y a su amparo y asistencia. Es el sembrado, que en los surcos lejanos fue dejando sus huellas, con silenciosa humildad, en sucesivas jornadas de fatiga, para que las entrañas de la tierra se abriesen en cosechas luminosas; es el obrero que en las horas indecisas del amanecer, cuando la ciudad despierta tumultuosamente, acude a fábricas y talleres e impulsa con su esfuerzo las máquinas potentes de la industria y la técnica. Y ese hombre que ha purificado su alma en duras disciplinas de sacrificio a su país, puede encontrarse, por los azares del destino, en una etapa de la declinación sin hogar, sin afectos, sin recursos, sumido en la indigencia material y en el abandono moral, más penoso todavía”, decía en su discurso durante la proclamación de los Derechos de la Ancianidad, la señora María Eva Duarte de Perón el 24 de febrero de 1947, en un mensaje profundamente humano y solidario.

Hoy tenemos muchos oradores fogosos que agitan el Parlamento, sindicatos, fábricas y clubes. Todos han sido formados en el secreto de sus familias y nos darán lo que recibieron. Una familia viciosa nos dará a un egoísta, un caudillo, un demagogo o un tirano. Mientras que una familia de conducta ajustada y honorable, educará a sus hijos en la nobleza y la honradez.

Todo ser, -sea de la especie que fuese- obrará siempre según la influencia de las causas que lo soliciten, conforme a su naturaleza individual, a la formación que recibió de sus padres.

Esta ley, a la cual están sometidas todas las cosas del mundo, sin excepción. Cada ser obra según su esencia, representa al químico cuando estudia los cuerpos, sometiéndolos a reactivos y al del hombre, cuando estudia a sus semejantes, sometiéndolos a diversas pruebas. En todos los casos, las causas exteriores provocarán necesariamente al ser afectado, a manifestar lo que contiene su esencia interior, porque este no puede obrar sino como es.

Donde haya un abuelo, todo el país debe ser su nieto. Nuestros abuelos representan la alegría de haber vivido, la palabra oportuna en el momento exacto. Son abuelos, son mayores, deben ser nuestros héroes, nuestro orgullo y nuestra razón de estar aquí, y guardan en el pecho millones de horas que contar, entre lágrimas y sonrisas. Estos días están pasando como en una pesadilla, y  verlos así produce el llanto, sólo, de los grandes de corazón.

La pandemia nos está arrebatando jirones de lo que somos. Los abuelos se han convertidos en tristísimos números a los que, tal vez,  apenas podamos llorar con despedidas virtuales. Sus últimas palabras serán dichas para sí mismos en la más absurda soledad,  abrazadas sólo por el calor de esos ángeles con mascarillas que –como siempre- están dando una batalla digna del reconocimiento del pueblo, porque lo de los políticos es sólo cháchara.

Por: Ernesto Martinchuk

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