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¿Sirven las encuestas telefónicas?

Las PASO dejaron no solamente un resultado insoslayable para el oficialismo, que recibió un duro baño de realidad con respecto al sentir de la sociedad, si no que la mayor parte de las consultoras y gurúes de la comunicación quedaron pedaleando en el aire ante vaticinios que erraron por números tan amplios.

Las primarias fueron un toque de atención no solo para el gobierno si no para las consultoras que pretenden medir la realidad y explicarla. Sin ir más lejos las encuestas que hasta último momento acercaron tanto Marcos Péña como Durán Barba daban una paridad que no resultó ser tal.

Fue el comentario de todo el mundillo político si finalmente los encuestadores erran con dolo o culpa. Ya no es secreto para nadie que la doctrina Duhalde de utilizar una herramienta noble -y a priori necesaria- para saber dónde está ubicado un candidato como es la encuesta, se utiliza como elemento de propaganda para posicionar al cliente frente a la sociedad. Sin embargo, el periodismo se ha dejado arrastrar por esta suerte de guerra de encuestas y las ha comenzado a tomar por serias, cuando constantemente demuestran sus falencias al ser mal utilizadas.

>>> ¿Son o se hacen?

Quien escribe esta editorial tuvo la oportunidad hace pocos días de comprobar por si mismo las falencias de la herramienta “encuesta” mal utilizada y sin ningún criterio aparente para recortar y medir la realidad.

Hace pocos días recibí un llamado telefónico que no era otra cosa que una voz femenina –educada e impersonal- grabada en una máquina que sin dar mayores explicaciones me preguntó si aceptaba hacer una encuesta telefónica. A modo de experiencia periodística acepte el juego y marque en el teléfono la tecla correspondiente a SI.

>>> Medir, pero ¿qué?

Ante la primera pregunta –el género- elegí una opción falsa y declaré ser mujer. De tal modo ya todo el sentido de la encuesta queda así invalidado, dado que el recorte de “realidad” que se pretende ya no puede ser tal, pues quien suscribe es de género masculino y de ese modo se autopercibe. Tal situación hubiera sido –suponemos- diferente, si una persona de carne y hueso me hubiese hecho la misma pregunta, pues aunque yo podría tratar de engañarla lo mismo, habría sido, como mínimo, más difícil o hubiera corrido el riesgo de que quien encuesta, sintiendo que no tomo en serio el procedimiento lo hubiera cancelado.

Acto seguido mentí en la edad y mis preferencias políticas: quien esto escribe declaró ante la máquina, que siguió arrojando sus preguntas grabadas sin inmutarse, que mi edad era de noventa años (o más) y que en las PASO había votado por el candidato del Frente NOS, José Gómez Centurión pero que en las primarias votaría por Manuela Castiñeira del MAS –presumiblemente la opción quizá más a las antípodas del candidato del Frente NOS- posteriormente la máquina me preguntó por quien votaría en un posible balotaje entre los dos candidatos que más votos obtuvieron en las PASO y mi opción se decantó por la fórmula de la ex presidenta de la Nación, junto a Alberto Fernández.

>>> La Argentina termina en el tercer cordón del conurbano

La encuesta al querer consultar sobre el territorio en que vive el encuestado solo señala como nombre propio a la CABA y la Provincia de Buenos Aires, dejando para el resto de la nación un “otra provincia”, la cual no hay modo de aclarar en preguntas posteriores a cual “otra provincia” se pertenece. Aunque si se preocupa la encuesta en saber si uno se siente “muy identificado” con el territorio donde vive o si en cambio no se siente “nada identificado”.

Quizá podría darse una estadística interesante si la herramienta se preocupara por saber de qué provincia es uno y en que otro territorio por fuera de su lugar de origen está viviendo, sin embargo siendo que la encuesta es apenas una mera acumulación de datos para buscar votantes o para dársela a un jefe político no se necesita la precisión acerca de un dato que podría arrojar resultados interesantes.

>>> Candidatos e imagen.

Para cerrar el despropósito telefónico, la voz amable e impersonal pide que ante una serie de candidatos –que son todos los conocidos- uno haga una evaluación acerca de cuál es su opinión sobre cada uno de ellos. Dicha valuación va del “Muy buena” al “muy mala” y quien escribe esta nota eligió poner que todos y cada uno de los candidatos eran “muy buenos”.

Supongo que todos los datos serán examinados en una segunda instancia por inteligencia humana y que la evidente desconexión entre las respuestas y la realidad saltará fácilmente a la vista y será descartada en el análisis final.

Sin embargo es posible que la recolección de datos incompletos, falseados  y parciales simplemente caigan en una picadora de moler grandes números en un call center y que esos números sin verificar, obtenidos de un modo impersonal y sin una segunda instancia de chequeo sean la carne podrida que las encuestadoras tiran en redacciones y despachos oficiales y opositores.

Es entonces responsabilidad de la prensa alertar sobre un procedimiento que ha sido pervertido y falseado para ser utilizado con fines totalmente inversos a su funcion original. Las encuestas que deberían señalar un cuadro de situación lo más cercano a lo real en cambio solo se utiliza para mentir y acomodar la realidad al interés de quien paga por la encuesta.

(Por Dan Gitlin)

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