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La vida cotidiana durante el estalinismo, así se vivía en la URSS…

“La vida cotidiana durante el estalinismo” no trata sobre la implementación estatal del régimen comunista en la ex Unión Soviética sino de cómo vivieron las personas comunes y corrientes durante esos años, desde la convivencia familiar hasta los interminables trámites burocráticos o la falta de alimentos y vestimenta.

La autora Sheila Fitzpatrick, especializada en el período soviético de Rusia, se abocó al estudio de la década de 1930, en el apogeo de la Rusia de Stalin.

Producto de su investigación, bautizó como Homo Sovieticus, a la especie social emergente de esos años, cuyo hábitat era el estanilismo.

El libro repasa la forma en que las personas desarrollaban sus estrategias de supervivencia ante determinadas situaciones económicas, políticas y sociales.

Quizás el mayor y primer impacto que sufrió la población rusa fue, antes que el político, la desaparición de artículos de consumo de las tiendas y la escasez crónica de mercancías, producto de la industrialización forzada que terminó llevando a la Unión Soviética a convertirse en una superpotencia mundial.

Ante este panorama, el denominado Homo Soviéticus desarrolló la capacidad de “cazar y recolectar” bienes de consumo escasos.

Pero también debía desarrollar la habilidad de superar los innumerables obstáculos burocráticos que imponía a la sociedad el aparato estatal estalinista sobre la base de su economía centralizada.

La obra también cuenta los graves problemas de vivienda y el hacinamiento que sufría la población rusa, que durante décadas se vio conminada a vivir en habitaciones pequeñas y atestadas, a veces incluso en edificios con baños y cocinas compartidas.

En la Rusia de Stalin una de las posibilidades de escapar a la miseria en la que estaba inmersa la mayor parte de la población era estar afiliado al Partido Comunista. Era casi la única forma de garantizarse un progreso personal en las duras condiciones en que vivía la población. También, en el mientras tanto, era la mejor manera de sortear la burocracia estatal, donde eran indispensables las influencias con los funcionarios miembros del Partido.

Pero el Partido también ofrecía otras maneras de salir de la pobreza y lograr un rutilante progreso personal. La épica revolucionaria del comunismo los llevó a formar héroes que ahora eran personas comunes y no guerreros de antaño. Se trataba de los trabajadores que habían demostrado una productividad y desempeño laboral extraordinario y que se terminaban convirtiendo de la noche a la mañana en celebridades públicas con innumerables privilegios y recompensas del régimen.

Pero así como el Partido y el estalinismo alentaban la afiliación al comunismo y el sacrificio laboral en pos de la industrialización, también era implacable con quienes no adscribían al régimen o habían pertenecido a las clases sociales privilegiadas, a quienes les tocaba usualmente el destierro, el encarcelamiento en los gulags o penas más leves como negarles el derecho al voto.

Esas personas, si lograban evitar esos destinos, quedaban estigmatizadas ante la sociedad y vivían con un constante terror a represalias del Estado, por cualquier razón. Especialmente porque se había alentado a la sociedad a denunciar a esas personas y llevarlas a juicios públicos que se convertían en toda una atracción.

Para este libro, Fitzpatrick armó un equipo de trabajo que, además de investigar la literatura existente sobre la vida en la Unión Soviética y las publicaciones partidarias de la época, realizó entrevistas personales a ciudadanos rusos que vivieron durante la década del 1930.

Cabe destacar que el estudio realizado por la autora sólo se circunscribió a Rusia y no al resto de los estados asociados, y sólo a la zona urbana y no a la rural.

Sobre la vigilancia del Estado, la autora resalta que no sólo era sobre los “enemigos de clase”, sino que también le interesaba al régimen estalinista lo que opinaba la gente. El servicio de inteligencia soviético informaba hasta de los comentarios que lograba escuchar de la mesa de los rusos.

Incluso se investigaba exhaustivamente el suicidio, que tuvo un marcado aumento en la década bajo estudio. Las autoridades soviéticas tenían la hipótesis de que la mayoría de los suicidios eran para enviarle un “mensaje” al gobierno.

Pero también había una forma menos terminante de reclamarle al régimen. A pesar de la opresión del sistema estalinista, sus funcionarios eran receptivos a los reclamos de la gente. Por eso, los rusos adquirieron la costumbre de escribir quejas, peticiones, denuncias y otras cartas.

Esa costumbre era tolerada porque permitía también al Gobierno conocer de primera mano el ánimo social, un doble juego al que los rusos se prestaban conscientes y que los hacía olvidar de la fatalidad a la que se sumían esperando que cambie algún día.

Sobre la autora

Sheila Fitzpatrick es una de las más renombradas especialistas en historia de la Rusia soviética. Profesora de historia rusa moderna, ocupa la cátedra Bernadotte E. Schmitt Distinguished Service. Su trabajo reciente se ha centrado en la historia social y cultural del período soviético, especialmente en las prácticas cotidianas del campesinado y los trabajadores industriales. Sus proyectos actuales incluyen un estudio de la comunidad internacional de la izquierda en el período de entreguerras. Es autora de The Cultural Front. Power and Culture in Revolutionary Russia (1992), Tear of the Mask! Identity and Imposture in 20th Century Russia (2005) y La revolución rusa, este último publicado en versión actualizada por Siglo Veintiuno Editores.

Ficha Técnica

Título: La vida cotidiana durante el estalinismo, cómo vivía y sobrevivía la gente común en la rusia soviética

Autora: Sheila Fitzpatrick

Sello: Siglo XXI Editores

Colección: Hacer Historia

Formato: 15 x 23

Tapas: Rústicas con solapas

Páginas: 384

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