Civilización y barbarie…

“Escribo como medio y arma de combate, porque combatir es realizar el pensamiento”. Domingo F. Sarmiento

El 1° de mayo de 1845 Domingo F. Sarmiento, desterrado en Chile solicitaba a los editores de “El Progreso”, periódico de Santiago, la publicación en folletín de manuscritos que acompañaba.

Al día siguiente comenzaba a insertarse el trabajo reunido, reunido ese mismo año en un pequeño volumen por la “Imprenta del Progreso”, bajo el título de “Civilización i Barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga. Aspecto físico, costumbres, i ábitos de la República Argentina”, libro que la posteridad reconocería como la obra magistral de su autor y que, en sucesivas ediciones, señalaba una etapa decisiva en nuestra literatura y en la lucha contra la tiranía rosista.

La finalidad perseguida por Sarmiento, fue, ante todo, política, de combate. Vivía en Chile, tiempos de encarnizada lucha, combatido y escarnecido. Debía responder a sus enemigos con todas sus armas. Las circunstancias acuciaban, además, de su temperamento político. Era inminente la llegada a Chile de un representante de Juan Manuel de Rosas. Se hacía indispensable, entonces, no sólo probar los títulos adquiridos por Sarmiento para llamar a cuentas a sus contendientes en el campo literario y político chileno, sino también, trazar el cuadro de la realidad argentina, presentar a Rosas y al sistema por él representado, a la luz de un proceso candente que los exhibiera ante América y el mundo como personificación de los métodos bárbaros, frente a los ideales de libertad y civilización encarnados y definidos por los emigrados.

“Llega pues, el momento en Chile -dice Sarmiento en el anuncio a los editores de “El Progreso”- en que los intereses de Rosas van a insinuarse y presentarse descaradamente. Se habla de comprar prensas y ganar escritores. Algunos de nosotros podríamos en buena hora sacrificar una posición social bien efímera por cierto; pero lo único a que no nos resignaremos, es a que ponga en duda la atrocidad del gobierno de Rosas, y por tanto, la injusticia de la persecución que hasta aquí nos alcanza; porque esa duda nos despojaría de la consideración que a la emigración argentina en general acuerdan los chilenos en cuanto a la justicia de su causa”.

Inicia el combate. Lo define el acápite atribuido a Fortoul: “On ne tue point les idées”, que el autor traduce gráfica y elocuentemente: “A los hombres se degüella; a las ideas no”, pensamiento que -recuerda- escribió en 1840, con carbón, bajo el escudo de armas de la República, al pasar, camino del destierro por los Baños de Zonda.

Todo el sentido, la proyección y el designio del trabajo y del futuro libro están en esa frase. Traducir un propósito definido y claro, refleja su carácter combativo, de lucha contra la opresión y la barbarie, de exaltación de los principios de organización, de cultura, de progreso.

El genio de Sarmiento, inflamado par la santa pasión de una causa y por la vehemencia creadora de una obra escrita al calor de los acontecimientos, en largas jornadas y vigilias agobiadoras, como si el gran soldado de la libertad, acicateado por un deber para con la patria sojuzgada y humillada acumulara nerviosamente en una, como entrega total, sus armas, sus energías y sus esperanzas en el momento decisivo. Por esto la obra supera toda clasificación y ofrece, en su no igualada belleza, en la fuerza de sus evocaciones, en lo macizo de su exposición y en la presentación de los hechos, el vigor incomparable de un alegato a la vibración de un mensaje.

Desde la aparición de “Facundo”, la cultura argentina, la ciudadanía democrática del país la recuerda como uno de los acontecimientos culminantes en la ardua y cruenta lucha conta la tiranía y el caudillismo. Vale por una batalla victoriosas, porque iluminó con luz inextinguible el afán sostenido y valiente de los mejores hijos de la patria, preparando la caída de Rosas; sintetiza las ideas y sentimientos de una generación digna y angustiada, dispersa en los cuatro rumbos de esta parte del mundo por el vendaval sangriento de la barbarie, firme, imbatible en su decisión de mantenerse leal a la tradición de la Revolución y la Independencia que los jóvenes de la Asociación de 1837/38, ante la mazorca en acecho, hicieron flamear como un desafío y un programa, y simbolizada en Mayo como cuna de la nacionalidad, en la Democracia, como valla al despotismo y el Progreso, como materialización de la libertad y el gobierno organizado y civilizador.

¿Cómo no habría de ser, entonces, el libro -según las palabras del mismo Sarmiento- “el grito de indignación de los oprimidos, la fustigación acerca del crimen triunfante, la satisfacción debida a la dignidad humana, tan vilmente ultrajada? Era la justicia de la historia, en fin; y el execrable Facundo Quiroga será siempre aborrecido, mientras haya quien lea “Civilización y Barbarie”, a la que salvan del olvido algunas páginas que las letras no desdeñan, no obstante la impericia del que las trazó, al calor del patriotismo, bajo las inspiraciones de la civilización perdida y deshonrada?”.

Alegato y mensaje

Para su tiempo y para siempre “Facundo” fue una bandera. Quiroga, sobre cuya actuación y objetivos la investigación reportó y reportará nuevos materiales de juicio, queda, así como un espécimen. Al presentarlo en la trágica crudeza de su psicología y en el análisis despiadado de sus atropellos, con los errores, apasionamientos y lagunas que la crítica posterior quiera señalar en tarea de fría confrontación, es todo un sistema el enjuiciado y es sobre todo Rosas, aún como no figure como personaje central, el blanco del ataque; es la repulsión que suscitan en la conciencia argentina el déspota y sus crímenes la que surge de esas páginas inflamadas, ardientes para acusar y orientar a la vez, tratando de explicar, en función del medio geográfico y social, los hechos políticos y urgiendo la obra de liberación y reconstrucción, exigida por la patria para salvarse de la ignominia de la tiranía y retomar la marcha de su auténtico histórico destino.

“Civilización y barbarie”

En su escueta enunciación, más allá de las disquisiciones de especialistas y catedráticos, el programa guía y guiará a nuestro pueblo, y la bandera, cualquiera sean las circunstancias, agrupará bajo sus pliegues a las voluntades más esforzadas y a las inteligencias más responsables. Podríamos decir que el programa y la bandera tienen su actualidad en todos los ámbitos de la tierra, porque cuando se trata de la libertad de los pueblos, de la dignidad de los hombres, de la evolución racional y progresiva de las sociedades, no existen fronteras ni separaciones infranqueables…

Allí donde la ley no rige o es burlada, donde los derechos del hombre y el ciudadano son escarnecidos y violados; donde la prensa está sometida a la férula del despotismo; donde la libertad de pensar, de reunirse, de hablar, de comunicarse, de asociarse ha sido abolida; donde la arbitrariedad y el menguado interés de unos pocos prevalece sobre el de la colectividad y se lo impone por la fuerza, aprovechándose de ella como única garantía y supremo recurso de gobierno; donde la voluntad directa y legal del país no puede expresarse para elegir sus mandatarios; donde la cárcel o el crimen ahoga todo intento de reivindicación y el poder discrecional suplantan el debate, la fiscalización y la crítica de la representación popular; donde todas las tribunas están cerradas y las armas del despotismo amenazan con sellar los labios o las vidas y sólo se escucha la voz de los detentadores del poder, temerosos de consultar a la opinión pública y entregados a la tarea inútil de sembrar odios, rencores y persecuciones; donde la Constitución de un país es aventada por el desenfreno de los apetitos y el desborde de las bajas pasiones, disfrazadas tras la cortina de humo de promesas salvadoras y la embriaguez suicida de la omnipotencia de quienes se consideran elegidos providenciales; allí donde la ley que a todos ampara y defiende no es ley, sino ganzúa, y a las posiciones de dirección y responsabilidad se llega por el atajo de la astucia, manteniéndose en ellas temerariamente en desesperado trance de torcer los causes del sentimiento colectivo y al precio de imposturas e hipocrecías, allí -sea cual fuere el país donde esto ocurra- el programa y la bandera de “Civilización y barbarie” debe acicatear la acción común y determinar, en salvaguardia de los métodos y principios que hacen posible una existencia digna, la batalla de la reconquista de las libertades perdidas y de la democracia amenazada, esto es, la reconquista de la patria misma porque: “sin patria se puede vivir, pero sin libertad no”.

Para los argentinos la enseñanza de “Facundo”, antes que para pueblo alguno de la tierra impone un compromiso indeclinable. Como definición de vida y como forma de acción. Meditemos en ello, con la seriedad y gravedad de la hora actual y que las generaciones por venir no nos acusen de haber tolerado, en ningún instante, por cálculo o cobardía, que se malograra el legado y la lección gloriosa de nuestros mayores Patriotas. No lo permitamos para seguir mereciendo el honor de llamarnos argentinos…

Por: Ernesto Martinchuk

Ernesto Martinchuk

Periodista.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.