La Revolución y nuestros días

Republicana y democrática, la Revolución de Mayo no es el comienzo indeciso de la emancipación nacional de los argentinos, sino virtualmente, su independencia misma. Todo en su corriente le sigue en el curso de nuestra historia en su afirmación y perfeccionamiento. Ya existía la patria, no sólo como tierra a la que se ama sino como emoción de ideales humanos de libertad y justicia, cuando en la mañana gloriosa de 1810 el pueblo de Buenos Aires, reunido en la Plaza Mayor, decidió su destino.

La patria estaba en los hombres. Estaba en el sentido de autoridad de Cornelio Saavedra, y en la fogosidad de Mariano Moreno, en el sentimiento popular de French y de Beruti, en la concepción reflexiva de Manuel Belgrano, en los postulados de cuantos habían discutido la naturaleza de los acontecimientos y en la intuición de las masas criollas. Estaba en el alma del habitante de los pueblos, dispuesta a salir a los campos a propalar la buena nueva y en el alma del gaucho de la pampa bravía, del litoral de montes impenetrables, de la montaña en cuya cumbre aún encendían sus fuegos rituales los antiguos amos de América.

Ningún suceso histórico nace por generación espontánea

La Revolución de Mayo reconoce antecedentes. Las luchas por la libertad de comercio, la soberbia experiencia argentina de las invasiones inglesas, la caída del monarca español en poder del emperador de los franceses, las tentativas de los españoles del nuevo mundo de establecer su dominio definitivo en el continente colombiano, son, sin duda, factores que precipitaron los hechos de la Semana de Mayo pero no por sus causas profundas.

Más de una generación de argentinos alentaba ya la aspiración de la soberanía política de su país, cuando las circunstancias las colocaron ante los hechos decisivos de 1810. Desde el anciano para el cual el pensamiento de lo futuro era el anticipo de una despedida, hasta el niño aún sin recuerdos que lo ligasen al pasado, hombres de todas las edades coinciden en el legítimo orgullo de poseer una patria, una nacionalidad, una responsabilidad ante el mundo y los siglos…

La instalación de la primera junta en nombre de Fernando VII, no fue otra cosa que una etapa hacia la total independencia. Se hizo “por política”, aseguró más tarde Cornelio Saavedra, quien señaló también que “la destitución del virrey y consiguiente creación de un nuevo gobierno americano fue a todas luces el golpe que derribó el dominio que los reyes de España habían ejercido cerca de 300 años en esta parte del mundo”.

No se engañaba el último virrey cuando el 20 de junio, en mensaje al monarca hispano, le narraba los sucesos y opinaba acerca de su verdadera naturaleza. Se engañó, en cambio, al juzgar que eran de barro los cimientos del edificio revolucionario, al parecer que el edificio se derrumbaría, provocada su ruina por los errores de quienes acababan de levantarlo, según él sin la intervención ni el consentimiento de la mayoría del pueblo.

Republicana y democrática, la Revolución de Mayo extiende su espíritu a lo largo de toda nuestra historia. Su radio no estuvo limitada en el tiempo. No se satisfizo con la instalación de la Junta. No le bastó la personalidad nacional de la asamblea del año XIII. Buscó en Tucumán la afirmación soberana. Pero, aún más. Ya rotos definitivamente los vínculos que pudieran unirla a cualquier poder de la tierra, la corriente revolucionaria, que en 1816 se impuso al preferir la república a la monarquía, ha ido refirmándose en los mejores momentos de la vida argentina y reapareciendo, tras eclipses a veces de años, cada vez que el pueblo logró avanzar en el camino de su propia elevación.

La Revolución de Mayo, expresión inconfundible de la existencia de una patria es el pueblo argentino. Cuando las aspiraciones legítimas de ese pueblo no fueron escuchadas, cuando no se atendió a su sed de justicia, cuando el egoísmo de unos pocos privó sobre los derechos de los demás, la Revolución de Mayo sufrió en su esencia. Porque de nada sirve que se canten loas a los ideales, si no se vive para ellos y con ellos. Y en este caso, es vivir por el pueblo y con el pueblo.

Mientras tanto, hoy «la gente» se ha convertido en espectadora, el ciudadano, -denigrado desde la propaganda oficial en “cuidadano”- en consumidor. Pero ese trayecto no se ha recorrido sólo por la trampa discursiva del kirchnerismo y su voluntad de hablar durante el día de lo contrario de cuanto hace durante la noche, o de jactarse y levantar banderas en el presente, de aquello que le resultaba indiferente en el pasado. Es también resultado del éxito de un modelo que ha llevado al extremo lo que es posible hacer con el país cuando no hay decisión -ni imaginación, ni capacidad- para hacer algo que realmente merezca la pena, algo que convierta el futuro en un mejor lugar que el presente y los jóvenes se sientan orgullosos de ser argentinos. Pero, es bueno recordar, -ya que el oficialismo no lo hace- que en el país cerraron más de 100.000 comercios, más de 45.000 Pymes y las principales empresas se van del país. El micro y macro centro porteño, otrora muestra de una capital comparada con las mejores del mundo, hoy es territorio de desastre. Sólo en la peatonal Florida los locales cerrados, incluyendo los instalados en galerías de primer nivel, pasan de 500. Desde organizaciones que integran a locales hasta representantes del sector gastronómico y hotelero afirman que, según la zona, el nivel de persianas bajas supera a lo sufrido en 2001.

¿Nada mejor es posible?

¿Por qué hablar de algo, si todos parecen convencidos de que nada mejor es posible? ¿Si después de décadas de poner a la población como testigo de la incompetencia, la corrupción, el autoritarismo, el Gobierno sigue gozando de niveles de aceptación y sus candidatos pueden aspirar a ser elegidos? Llama la atención qué nadie -políticos, legisladores, empresarios, estudiantes y sindicalistas- quiere escuchar que la Argentina sigue consumiendo, en el presente, sus riquezas futuras.

“Los presidentes no heredan problemas, se supone que los conocen de antemano, por eso se hacen elegir para gobernar con el propósito de corregir esos problemas, culpar a los predecesores es una salida fácil y mediocre”, manifestó Ángela Merkel, Canciller Federal Alemana. En nuestro país, la culpa siempre es de otro. Muchos habrán creído que el kirchnerismo, durante los cuatro años de Macri, habría estudiado los problemas nacionales y otra vez en el poder, -como lo anunciaba en los spots publicitarios- tendría las fórmulas para solucionarlos. No fue así. Sólo les ha interesado modificar la Justicia para lavar sus prontuarios.

Los datos

De la encuesta permanente de hogares (EPH-INDEC) surgen estos datos de pobreza en menores de 14 años por distrito para el último trimestre 2020. Provincia de BUENOS AIRES 71%; CHACO 72%; SAN LUIS 70%; CORRIENTES 69%. Las demás provincias no bajan de un promedio del 50%,salvo CABA tiene un 24%. Por otra parte, en SANTA CRUZ desde noviembre 2019 no hay clases. ¿Qué pasa con las universidades que están tan calladas? ¿Dónde está la universidad como actor que defiende la educación?

El país se está incendiando: no hay vacunas, -a pesar de la publicidad oficial- más de 70.000 muertos por Covid, en algunas provincias no quedan camas disponibles de UTI… tenemos récord de inflación, la pobreza sigue creciendo (45,3%), igual que la desprotección de las fuerzas de seguridad, el narcotráfico y la delincuencia callejera. Todos los días aparecen nuevos casos de corrupción, protagonizados por funcionarios del oficialismo y muchos procesados siguen en sus puestos, o gozando de libertades que deberían estar prohibidas. A esto se suma, cero de credibilidad internacional… pero el kirchnerismo arremete contra la justicia con toda su virulencia. Controlar el poder judicial, apropiarse de los medios de producción, controlar el pensamiento con el NODIO. Permitir y apoyar las tomas de tierras. Dar pautas millonarias a los medios afines al gobierno. Abalar modelos como los de Formosa, Santa Cruz, San Luis, Santiago del Estero, Neuquén y La Rioja, provincias «híbridas», que tienden a la hegemonía del caudillo y el autoritarismo, donde desde hace más de 30 años, es difícil que haya democracia porque sus habitantes dependen del empleo público. El vacunatorio VIP, que involucra a diputados, senadores, funcionarios y militantes de La Cámpora. Vacunas faltantes y distribuidas a sindicatos. Funcionarios que no tienen la dignidad, honorabilidad y capacidades requeridas para ocupar un puesto en el Estado y se nos ríen en la cara, tratando de justificar lo injustificable. Racionar la comida con la Tarjeta Alimentar significa perder libertades. Si el país no está en llamas con lo mal que estamos, deja en clara evidencia que los golpistas siempre fueron quienes nos han gobernado durante las últimas décadas.

Debería importar

Lo cierto es que ninguno de los candidatos habla de las cosas que deberían importar: cómo romper la transferencia intergeneracional de la pobreza, esa que asegura que cada chico que nace hoy en una familia pobre será pobre a lo largo de toda su vida; cómo generar empleo productivo y bajar la cantidad de subsidios que se vienen prolongando desde hace cuatro generaciones. Nadie habla de una industria ineficiente, y el Estado, sobredimensionado, incapaz, donde todos piensan en que negociado hacer y desbordado de militantes de La Cámpora.

Pero lo peor es que al callar dan cuenta del silencio complaciente y cómplice de una sociedad que no quiere oír hablar y que parece haber renunciado a tener algo que decir; una sociedad que no quiere que se revisen en serio la estructura tributaria ni los acuerdos federales, de la producción, el desarrollo y del gasto público.

Nuestra sociedad que -por ignorancia, complicidad o desinterés- no quiere aceptar que los contratos fundamentales hace rato que están vencidos: el contrato educativo, que obliga a los docentes, a los alumnos y a las familias; el contrato sindical, que obliga a los dirigentes, a los empleadores y a los empleados; el contrato del servicio público; el contrato de los gobernantes; el contrato de la palabra que enuncia las virtudes cívicas.

La triste realidad nos indica que la mayoría de los políticos no sólo no ha leído, sino que no ha leído casi nada. Lo ha declarado el propio gobernador de la provincia de Buenos Aires y hasta el propio presidente ha confundido nuestra bandera. Un canciller no habla inglés y hasta nos hace dudar de sus conocimientos sobre geopolítica internacional, a lo que se suma que algunos diputados carecen de título secundario.

Y el que no lee, lamentablemente, está condenado a cierta pobreza de ideas que puede resultar contagiosa. «Palabras, palabras, palabras», es el famoso aforismo de Hamlet. Allí Shakespeare se refiere al vacío de la palabra. A la palabra que no se convierte en acto, a la palabra que queda flotando en la imprecisión. El poder que se construye sólo con palabras, puede terminar en tragedia.

Por: Ernesto Martinchuk, periodista.

Ernesto Martinchuk

Periodista.

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