¿Qué leían los personajes de nuestra historia?

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“Una mujer, un libro y un camino”, eso escribió un novelista como tema literario y como leit-motiv de su vida y de su espíritu. Él quería que el destino tutelase amorosamente su ruta por el mundo con aquella triple sombra amable. Los brazos de la mujer, las páginas del libro, las perspectivas del camino. En realidad, las tres cosas están resueltas en una misma: conocer, sentir, ir… fuera de nuestra alma, en busca del alma de la mujer, del libro y del camino.

Pero existe un momento en que los pies fatigados no quieren seguir la ruta. Las perspectivas no tienen ya la gracia de la promesa de antes. La senda se hace áspera. Y el corazón andariego también, busca un puerto, una quietud… Los nombres y las almas de mujer no tienen ya su antigua gracia de sirena. Quedaron atrás… quedaron lejos del brío de la juventud, la ilusionada audacia, la pasión con que el espíritu se prendía en cada sonrisa de mujer. Y quedó solo, ante el pensamiento, el libro. Su gran sombra y olvidada ya las otras sombras amables, fue la tutela única, inmortal, para el espíritu.

La frente está ávida o cansada, es optimista o pesimista, sueña o llora… Pero ante ella el libro es siempre el mismo, amoroso, generoso, cordial. El libro es fuente para la sed, almohada para el cansancio, tamiz sereno para la loca alegría, sol en las tinieblas del pesimista, escala para los sueños, pañuelo para el dolor…

Cada época tiene su caudal de lectura, su clima cultural, sus autores en auge. Esa atmósfera contribuye a formar los espíritus, que absorben de las ideas ambientes su sentido de la vida y que, consciente o inconscientemente, suelen estar dirigidos. Muchos de nuestros grandes hombres han sido extraordinarios lectores.

Por el caso, Domingo Faustino Sarmiento fue un devorador de libros “no han de ser buenas obras las que lo tienen tan entretenido”, reflexionaba alguna vieja sanjuanina al ver al muchacho sin levantar los ojos de la página, en las horas robadas al descanso, leyendo en la puerta de la calle.

Bartolomé Mitre fue enviado por su padre a una estancia, para hacerse hombre de a caballo. Lo devolvieron con una advertencia nada profética; “Ahí le mando a ese caballerito que nunca llegará a nada. En cuanto encuentra una sombrita, se baja del caballo y se pone a leer”.

Se conoce la rígida afición de Juan Manuel de Rosas al diccionario, en cuya minucia y exactitud su espíritu se hallaba cómodo. Juan Facundo Quiroga, en cambio, se recitaba de memoria páginas enteras de la Biblia. Mientras tanto, el general Julio A. Roca, podría también recitar de memoria capítulos enteros del Quijote, su libro de cabecera por largos años.

El general José María Paz también fue un gran lector. Sus obras preferidas eran las clásicas: Tácito, Plutarco, Cicerón. Los “Comentarios” no se escapaban nunca de su lado. En cierta oportunidad, luego de su prisión a raíz de la famosa boleada de su caballo, por obra del exacto tiro de bolas de Pancho Zeballos -episodio ocurrido en Córdoba, en el lugar denominado “El Tío”, que atrasó el reloj de la historia argentina- pretendió el general iniciar en la lectura a su compañero de prisión, pero fue inútil. El ejercicio de la lectura resultaba tan insoportable al neófito de esas prácticas, que pidió por favor lo separaran del general Paz, solución que, según comenta el autor de las “Memorias”, resultó favorable para ambos.

Pero volvamos nuevamente sobre Sarmiento: su fiebre de instrucción lo llevó a los campos más diversos y aún a las obras científicas. Citaba a Darwin con soltura, cuando entre nosotros era escasamente conocido. Toma del Capitán Head -ilustre viajero inglés- su encariñada descripción de la pampa, intuyéndola para describirla antes de haberla visto. Años después, durante su campaña en el Ejército Grande, se descubre con respeto en tierras santafesinas, ante la pampa que se extendía ante sus ojos, aspira la ráfaga fresca que sube de los pastos blandos y él, -montañés por los cuatro costados, temperamento volcánico por excelencia- adquiere la ciudadanía pánica del hombre de la llanura ante el paisaje que absorbe con el hambre de sus cinco sentidos.

Por su parte, el general Lucio Mansilla, fue otro gran devorador de libros. Sus lecturas abarcan el más disímil y variado repertorio. Coquetea con las ciencias médicas, cita de paso algún autor de la psicología experimental de moda, alude con frecuencia a pasajes de Shakespeare, le interesa Pascal, gran conocedor de corazón humano, como el genio de “Hamlet”, y no olvida a Manzoni, hoy tan poco transitado.

Nuestra generación llamada “del 80”, frecuentó con devota asiduidad la prosa de Dickens. Sus huellas se encuentran en la deliciosa “Juvenilia”, de Miguel Cané, en “La Gran Aldea” de Lucio López, novela calificada alguna vez de “epigráfica”, donde brillan con pluma feliz los perdidos bailes del Club del Progreso, tanto como los rojos uniformes de los negros de la aristocracia morena de entonces, o explota el mal genio de doña Medea, en sus inolvidables y pintorescas reuniones de la política casera.

Juan Martel pintó en “La Bolsa” la baraúnda de 1890, época en que el inflacionismo, la locura del crédito, el agio, llevaron al país al borde de una bancarrota general. Dickens habla también en alguna de esas páginas, sobre todo cuando Martel describe el travieso viento que se desata en la Plaza de Mayo. Pero más que todo, Emilio Zola impone ya su naturalismo en esta novela documental. Entre tanto, “Corina” hacía verter lágrimas, las mismas que llorarían más tarde las niñas sensibles, con la inefable “María”.

Fracasan cruzadas redentoras, sistemas políticos, concepciones nuevas o viejas del mundo y de la vida, sin que en este tejer y destejer asome la imposible aurora del gran amor humano. Acaso la única esperanza de esa aurora esté en los libros. Ellos pueden dar una educación, una sensibilidad nueva a la Humanidad. Si se ha dicho que el Contrato Social preparó la Revolución francesa -aurora roja- ¿por qué unos cuantos libros de luz y de amor no han de preparar también una aurora blanca, que nuestro país tanto necesita?

Tras la diaria actividad con su natural desgaste de energías: tras la cotidiana ocupación, profesional o manual, que embarga varias horas, necesarias e imperiosas para la gran  mayoría, que no ha recibido ni un solo halago de la fortuna, el hombre puede hallar un remanso de paz, un refugio de satisfacción, un albergue de tranquilidad y un puro goce para el espíritu  acogiéndose a la grata compañía que le brinda el amigo más leal, a la cariñosa solicitud  del camarada bueno, a la docta experiencia del mejor de los guías y a las sanas enseñanzas del más sabio de los consejeros: El Libro.

El libro es el palacio del espíritu. Abrir sus hojas es levantar las tapas de los cofres de Darío. Una nueva riqueza llega a nosotros e hincha nuestro espíritu de sugestiones maravillosas. El libro es el alivio de nuestra congoja, la tranquilidad de nuestro espíritu, el acicate de nuestros sentidos, el razonamiento dado a nuestra sensibilidad para que despierte, el archivo de las grandes acciones, la pincelada fisionómica de los hombres extraordinarios, la áurea vasija donde la Humanidad vuelca sus grandes y eternas ideas.

A los gobiernos que ponen empeño en la educación del pueblo, cuyos destinos rigen, se les puede y debe decir que no puede haber buenas Escuelas sin buenos Maestros, y no puede haber buenos Maestros si carecen de libros adecuados. Este es el momento de dar la Batalla cultural que viene siendo postergada desde hace muchas décadas por intereses políticos y sindicales que han degradado la verdadera función del Maestro.

El ex presidente estadounidense Barack Obama en un discurso a los estudiantes del instituto P-TECH de Nueva York en 2016, dijo: “Si ustedes creen que la educación es costosa, esperen a ver cuánto cuesta la ignorancia”. A todo esto, una anécdota que sucedió hace algún tiempo en Alemania donde los médicos, jueces e ingenieros le solicitaron a la canciller de ese entonces, Ángela Merkel, la nivelación de sus sueldos con los de los maestros, pues estos tenían el salario más alto de la Nación. Ella les contestó: ¿Cómo los nivelo con las personas que los formaron y educaron?

Así debe reconocerse la labor del Maestro, no así la de los “docente militante” que han tomado las aulas en todo el país y sus resultados están a la vista: chicos de diez años que no saben leer ni escribir. Alumnos secundarios que no entienden lo que leen. Universitarios que no saben resolver simples cálculos matemáticos.  El Maestro es la persona que dedica su vida a formar y educar a las nuevas generaciones; a quienes mañana serán los nuevos electores. Valorar al Maestro es valorar el rol que tiene en el desarrollo de la sociedad y del país en general, en un mundo dónde la tecnología, todos los días, nos impone nuevas reglas de juego, donde la Educación tiene un rol fundamental.

En una crónica anterior (Una lectura de las ruinas) recordábamos a Leopoldo Herrera, (1863-1937) Maestro de Maestros, que planteo hace poco más de un siglo, temas de la educación que hasta hoy no han sido resueltos. Lamentablemente la única escuela que llevaba su nombre, ubicada en el barrio de San Cristóbal, en la Ciudad de Buenos Aires, fue demolida por la construcción de la Autopista 25 de Mayo en 1978, y su nombre no fue repuesto en ninguna otra escuela de la CABA… ¿Por qué no recordarlo tanto a él como a su labor en el Magisterio…?

El amor al libro es preciso inculcarlo a la infancia, con exquisita discreción, en el hogar y en la escuela. Hay que enseñar, como uno de los primeros deberes del buen ciudadano -ciudadano de su patria y del mundo- el respeto al libro y a lo público. Si el analfabetismo ofrece aún una densa mancha en nuestras estadísticas, es necesario disponer de una legión de Maestros, verdaderamente dignos de este nombre, con una formación sólida, consciente de su elevada misión y con una remuneración acorde a su responsabilidad.

Por otra parte, existen dos clases de libros. Los libros impuestos y los libros deseados. De los primeros ya tenemos la experiencia de las colecciones que las corruptelas políticas habían resuelto el doble problema de servir al escritor amigo mediante la adquisición de publicaciones sin público o útiles para la militancia que eran vomitadas no solo a las escuelas sino también a las bibliotecas populares

El maestro puede influir de un modo decisivo en esta devoción infantil al libro. A todos nos consta que circulan libros de enseñanza que han sido escritos y publicados sin otro objetivo que el de la ganancia personal o editorial. Tal como sea el Maestro será la Escuela, y todos los adelantos modernos, los mejores textos y los útiles más perfectos del mundo serán poco menos que inútiles si el educador no reúne los conocimientos pedagógicos necesarios para servirse de los medios puestos a su alcance para la enseñanza.

Y para finalizar. Los libros son lo más grande y lo más noble porque encierran el espíritu, que es la divinidad. Por ellos podemos sostener, a través de los siglos, un diálogo eterno con los grandes hombres, evocar los fantasmas de otras épocas, sentir revolotear junto a nosotros las criaturas creadas por la fantasía. De niños encontramos en sus páginas las hadas del bosque; sentimos crujir las hojas al paso de los gnomos; vemos la mansión magnífica donde el ogro guarda a la princesa, y saludamos regocijados los buenos gigantes que vigilan nuestros sueños. De jóvenes abren nuestro corazón a todos los heroísmos, al amor, a la ternura y a las grandes y gloriosas empresas. De viejos, los libros son como brazos amorosos que nos sostienen y nos hacen olvidar nuestros achaques, nuestros pesares y nuestras angustias.

Caen los pueblos, mueren los hombres y se pierden en el polvo de los siglos generaciones de criatura. La máquina implacable del tiempo va moliendo como la rueda de un molino gigantesco, las civilizaciones. ¿Quién es capaz de vencer el tiempo? Los libros.

¿Y Ud, que lee?…

Por Ernesto Martinchuk

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