Educación: Una lectura de las ruinas

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Durante las últimas décadas la Argentina agonizó en un campo de batalla, donde los funcionarios sabían con claridad lo que tenían que destruir, pero no tenían la menor idea de lo que debían construir. Durante ese período trabajaron para que la Argentina quedara excluida de todas las corrientes de transformación del mundo moderno. Algunos de los que merecían respeto hasta hacía pocas semanas, revelaron en medio de esta profunda crisis, su doblez, su mezquindad, su… no poder “mirar por encima del horizonte”. Tal vez, la profunda y dolorosa catarsis de estos últimos meses permiten recrear una comunidad que rechace a los demagogos y a los funcionarios rapaces, depredadores, impunes e inútiles que abundaron y abundan en la vida política, judicial, empresarial y sindical. La Argentina está vacía de casi todo. Pero la ventaja de una crisis como la que estamos viviendo, es que cuando se empieza de cero, siempre se puede empezar mejor.

En los últimos tiempos se advierte, en distintos ámbitos, un creciente interés en la educación, tanto o mayor que en décadas anteriores. Pero se trata de un interés más maduro, en el sentido de que hoy sabemos mucho más sobre la relación entre la educación y el desarrollo, lo que determina sus resultados y el impacto que estos pueden tener sobre los individuos en particular y la sociedad en general. Hemos aprehendido de nuestros fracasos y tenemos mayor capacidad de autocrítica.

La urgente necesidad de cambiar, de hacer algo nuevo, de plantear propuestas para enfrentar los problemas prácticos de la educación, tienen como finalidad diseminar y utilizar los conocimientos generados por la investigación, la realidad y la reflexión educativa, para aplicarlo en la búsqueda de soluciones de la problemática que se da en todo el país.

La influencia y el impacto que los docentes tienen en el nivel de rendimiento de sus alumnos es un hecho que ha sido documentado por décadas. Cuanto más efectivo sea un docente mejor será el aprendizaje que se llevará a cabo en su salón de clases y, por ende, se observará un mayor rendimiento académico en sus alumnos.

Por otra parte, la noción del maestro es la que le define como un profesional reflexivo que toma decisiones constantemente. Al impartir clases, la maestra presta atención a la comunicación verbal y no verbal de sus alumnos, mantiene en mente el plan de la lección, decide mover la discusión al siguiente punto o elaborar un poco más al responder la pregunta de algún alumno. Es verdad, que los maestros, que han estudiado en el magisterio, tienen muchas cosas en mente al enseñar a sus alumnos. Se considera que la actividad mental de los maestros durante la instrucción tiene una importancia fundamental en la creación de condiciones que facilitan la verificación del proceso de aprendizaje.

Por ejemplo, el maestro podría usar sus habilidades para tomar decisiones basadas en una visión deconstructiva del aprendizaje para promover que sus alumnos hagan uso de destrezas de pensamiento más complejas. De esta forma, ese maestro, estaría contribuyendo a formar educandos que auto regulen su proceso de aprendizaje para que sean críticos de su realidad circundante y aspiren a ser agentes de cambio positivo en sus comunidades.

En tanto, los maestros necesitan embarcarse en procesos de reflexión sobre su ejercicio profesional. Cuando esto ocurre, los docentes no tienen que dedicar sus energías a mantener “ocupados” a sus alumnos, porque es él maestro el que está con el control de la clase. De esta forma, no se debería enseñar a los maestros como salvar a los niños para que no caigan en las garras del fracaso escolar. Además, muchos chicos van a la escuela sin ningún interés por aprender.

“La influencia de la Escuela Normal —sostenía Leopoldo Herrera (1863-1937), Maestro de Maestros—, ha sido y es trascendental en la sociedad, en el sentido de su progreso, refinamiento y cultura, como lo demuestra aludiendo al influjo plasmador en generaciones de niños que cursan los estudios primarios completos en óptimas condiciones. No solamente se aplica la más novedosa metodología, sino que se vigila la formación moral, intelectual y corporal del educando. Se atiende su integración dentro de una disciplina que incita a la responsabilidad personal, sino que en los ateneos, asociaciones estudiantiles y fiestas cívico-literarias o de caridad, se fomenta el desenvolvimiento del sentido democrático y popular. En ellas no sólo la inteligencia se cultiva, la moralidad es incorruptible, el amor al trabajo, el orden y el progreso son piedras de toque del carácter. En fin, se da una educación severa, provechosa y esa falange de jóvenes aguerridos retornan a sus provincias como hombres de bien y capacitados para actuar con éxito en pro de sí mismos y de la patria”.

Nuevas estrategias

El Ministerio de Educación de la Nación, debería iniciar el diseño y evaluación de estrategias efectivas, para incidir en los factores y procesos que aparecen centrales para mejorar la calidad del aprendizaje y la formación de valores. Los valores se enseñan desde la infancia y se afianzan a través de la adquisición y la práctica de buenos hábitos. Para lograr un buen aprendizaje de ellos, deben tomarse en cuenta algunos factores que permitirán interiorizarlos de mejor manera.

Los padres, madres o tutores, tienen la obligación de dotar a sus hijos de aquellas herramientas y modales que les permitan vivir en este mundo. Los niños son el reflejo de lo que viven en sus lugares de residencia y dicen, hacen y practican lo que ven y escuchan. La escuela intensifica esos factores, en lo que hace a los buenos modales, el respeto a las personas mayores, a lo público, la equidad, ejemplaridad y pertinencia de los aprendizajes en los distintos sectores tanto urbanos como rurales. En este sentido, nos referimos a la etapa preescolar, primaria y secundaria.

La realidad

Sin diferenciar por sector social, las maestras ven a sus alumnos como “carenciados afectivos”, donde el trabajo docente se convierte en un trabajo “ciclópeo”, debido a que, dadas las representaciones desvalorizantes del rol de la “familia” de los alumnos, las maestras depositan en el vínculo afectivo que mantienen con el niño, fuertes expectativas para solucionar las carencias o problemas que los mismos presentan.

La escuela, hoy, en muchas dependencias no puede entregar más que una cierta socialización general. Muchos chicos -ya lo hemos desarrollado en crónicas anteriores, mucho más crudas- no aprenden a leer, a comprender lo que leen y hasta resolver cálculos matemáticos elementales. Con la doble responsabilidad que vivimos en lo educativo simultáneamente en siglo pasado, con las expectativas en el que viene.

Es necesario reconstruir el sistema escolar y para ello es necesario contar con la participación de los maestros, administradores, padres, empresarios y también sindicalistas. Porque para llegar a un trabajo efectivo con los niños es necesario saber trabajar con adultos, donde prime lo activo-participativo, la creación, el trabajo en grupo, los objetivos por proyectos, junto con la preocupación por las competencias efectivas para solucionar problemas.

Por otra parte, es importante destacar la importancia de discutir la actividad del maestro y desmistificarlo como único dueño del saber, ya que en el aula se canalizan no sólo inquietudes y problemáticas sobre la enseñanza, sino que afloran todos los conflictos que los alumnos poseen en la compleja vida cotidiana. Silenciar esta problemática, es la expresión de estructuras políticas, económicas y sociales pervertidas.

El contexto social

En la actualidad la escuela se ha convertido en una unidad educativa que demanda cambios en su estilo y en su conducción. Las necesidades de cada comunidad son sustancialmente diferentes y exigen propuestas específicas. Cada institución tiene problemas y reclamos que se corresponden con el contexto social, con el nivel económico, con la localización geográfica y con una serie de factores que los planes homogéneos desatienden.

En la “cuestión docente”, la pauperización y proletarización de los maestros a nivel educativo de amplios sectores del magisterio en servicio, incluyendo pobres niveles de alfabetización y educación básica, (comprobadas durante la pandemia en las emisiones especiales de la TV Pública) reducción de la matrícula, bajas expectativas y motivación de los aspirantes al magisterio, ausentismo marcado, abandono de la profesión, creciente incorporación de docentes legos, pérdida de identidad, legitimidad social del oficio docente, falta de oportunidades de avance y superación personal, huelgas y paros cada vez más frecuentes y prolongados.

Mientras tanto, los bajos salarios, y autoestima, la calidad de vida, la valoración social, las condiciones de enseñanza y las oportunidades de formación, el aumento de número de alumnos en las aulas, bajo el entendido que, desde la perspectiva de los alumnos y de sus rendimientos de aprendizaje, no hace diferencia si el grupo es numeroso o numerosísimo, da lo mismo que sean 20, 50 o 70 los alumnos en una clase.

Es necesario diseñar nuevas políticas y estrategias educativas que piensen, en el tiempo, como política de Estado, un determinado proyecto de sociedad, de educación, de alumnos y de maestros, que es preciso desentrañar y discutir. Hoy vemos un maestro subvaluado, que para atender sus necesidades se ve obligado a saltar de una escuela a otra; condenado a la mediocridad, a ser ciudadano de segunda, implementador de currículos y textos escolares, facilitador de aprendizajes en cuya definición y orientación no participan ni tienen control.

Centrados en la lucha por las reivindicaciones económicas, los maestros y sus organizaciones han dejado erosionar su propia formación y capacitación permanente, como una condición fundamental de su ejercicio y valoración profesional. A todo esto, con el surgimiento de las organizaciones gremiales docentes, se ha configurado una nueva imagen acerca de la función social del docente: el de trabajador de la educación, en el que, sin desconocer ni ignorar las exigencias específicas de la formación, se prioriza su carácter de asalariado y su inclusión en el colectivo de trabajadores, cuya condición laboral se encuentra en crisis por las bajas remuneraciones y situaciones de riesgo en el desempeño de sus tareas.

Mientras tanto, es importante mencionar la influencia de los padres en los planes futuros de los estudiantes, por lo tanto, es fundamental que se defina cual es la relación entre escuela y sociedad. De esta forma se definirá, entre otras cosas, las metas y objetivos del Ministerio de Educación, los roles de los maestros, la estructura y contenido del currículum, los controles de calidad que se deben implementar en el sistema educativo y de toda la actividad educativa a desarrollarse a lo largo y ancho del país.

Cuidadora de niños

El predominio del asistencialismo como hacer principal impuso una sensación de vaciamiento que ha distorsionado la tarea escolar específica, por eso algunos maestros se han autodefinido, en particular en relación con los padres como, niñeras, mucamas, donde no sólo aparece desvalorizada la propia imagen, sino totalmente desvirtuada la función, que se transforma en simple cuidadora de niños y desligada de la función de enseñar.

La incorporación del asistencialismo a la vida cotidiana de la escuela, ha determinado que cada vez más amplios sectores marginados constituyan un aspecto crítico de la práctica docente. Hace décadas que nadie parece advertir -fundamentalmente desde los niveles de gobierno- que muchos docentes se desempeñan en un ámbito de “alto riesgo”, signado por el desconcierto, el desánimo y la insatisfacción, con lo cual es difícil que mejore la calidad de la enseñanza.

Hace más de un siglo

Escrito en 1916 y publicado en Archivos de Pedagogía y Ciencias Afines 25, el “Maestro de Maestros” Leopoldo Herrera dice:

– 1) Nuestros alumnos aprenden para olvidar; nada hay más efímero en ellos que la memoria de la instrucción recibida y comenta que el recuerdo se disipa como las substancias volátiles en la atmósfera. ¿Razones? Se aprenden como si el fin fuera provisorio, esto es recitarlas en clase o para las exigencias de un examen. No establecen lazos que faciliten la evocación.

– 2) Notoria incapacidad para aplicar el saber. Consideran que los conceptos, leyes, reglas, sólo pueden ser aplicadas en las materias que se los explica y no se les ocurre que en la producción de un fenómeno biológico, puede concurrir la química, la física, las matemáticas. O en la producción de un hecho histórico, factores cósmicos, económicos, sociales.

– 3) Un gran vacío en la carencia de ideas generales. La atención se diluye en los detalles, sin realizar síntesis. Hay demasiado empirismo analítico, que impide percibir el valor filosófico de ciertos estudios.

– 4) Anarquía mental por la heterogeneidad e incongruencia de enseñanzas.

– 5) Incertidumbre que domina al bachiller, acerca de su saber. No tiene justa conciencia de su cultura, pues sus conocimientos están desencuadernados y se entrelazan en una turbia indistinción entre lo fundamental y lo accesorio.

– 6) La educación que recibe no lo hace dueño ni de su energía mental ni de sus conocimientos.

– 7) Tampoco logra nuestra segunda enseñanza despertar en la juventud anhelos de perfeccionamiento y coraje para iniciativas personales.

– 8) No existe ni el ansia de saber ni la voluntad de cada uno de hacerse maestro de sí mismo. El colegio no le ha sugerido ideales ni armado con métodos que lo habiliten para abrirse camino en la vida.

Después de 108 años de este diagnóstico: ¿Cuál de los males apuntados con tanto vigor fue curado? ¿No radica en esas causales invocadas algunas de las razones de esa desorientación vital y profesional de nuestra juventud? ¿Hubiera estallado la crisis social, política, moral e institucional con notas tan agudas de habérsele puesto punto final a los males diagnosticados?

Herrera, “Maestro de Maestros”, veía en 1916 como urgentes, reformas fundamentales. Pedía que se saldaran esos males. Sentía con sensibilidad malograr la reserva de la patria. A poco más de un siglo de publicadas sus agudas observaciones, permanecen en pie con el amargo sabor de la actualidad.

“Sin educación, en balde es cansarse, nunca seremos más que lo que desgraciadamente somos”, sostenía Manuel Belgrano (1770-1820).

Por Ernesto Martinchuk

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