“El fruto que está en sazón”

Obediente a un llamado tan misterioso como bello, el 30 de enero de 1812 José de San Martín se embarcó a bordo de la fragata Canning, en el puerto de Londres. Navegó el barco por el Támesis brumoso en demanda del mar.

La proa del navío y el alma del pasajero apuntaban hacia Buenos Aires. Treinta y tres, casi treinta y cuatro años contaba que hacía más de un cuarto de siglo que faltaba de la tierra natal. Débiles parecían las velas ante los vientos del Atlántico, insignificantes los maderos en medio del oleaje. La Canning repetía una vez más el acto heroico de la travesía, pero ahora guardando en su seno algo más que una vida: un mensaje, un destino.

Ese hombre silencioso cuyas pupilas escudriñaban el horizonte, había decidido su suerte, cambiando sus entorchados de coronel hispano para poner su espada al servicio de América. Borrosos, más del corazón que de la memoria, debían ser sus recuerdos del país distante. Muy pequeño era cuando fue sacado de Yapeyú para su traslado a Buenos Aires. Sólo siete años tenía cuando sus padres regresaron a España, llevando con ellos a sus cinco hijos criollos: una muchacha y cuatro varones.

El progenitor, capitán don Juan de San Martín, llamado por el rey, pasó a prestar servicios en Málaga. El menor de sus vástagos, que sería el mayor de los argentinos, ingresó en el Seminario de Nobles de Madrid para completar sus estudios primarios.

Muy temprano advirtió en su ánimo la vocación de las armas. Once años tenía de edad cuando fue admitido, un 9 de julio, como cadete del regimiento de Murcia. Su bautismo de fuego ocurrió en Melilla, contra el moro. Luchó en Orán con el valor y la tenacidad de un hombre. Adolescente aún, ya era teniente de galones conquistados en los campos de batalla de Francia.

Truilles, Masdeu, Creu de Ferro, San Marsall, Port Vendres y otros, son los nombres a los que obscurecerán los de Chacabuco y Maipú, pero que, como el de San Vicente, en el Mediterráneo, contra los ingleses, y como los de Arjonillas y Bailén, de la epopeya española contra la invasión de Napoleón, quedaron grabados en el corazón del que, teniente coronel por el esplendor de sus méritos, abandonaba ahora su carrera como respuesta a su deber, que él mismo se había impuesto.

Valor, aplicación, capacidad y conducta”. Tales eran, en el sobrio lenguaje militar, los conceptos estampados en ju foja de servicios. Oficial de caballería, en sus cargas había demostrado su excepcional arrojo. Como otra condecoración a sumarse a la medalla de Bailén, llevaba sobre sí la huella de su sable francés. Pero otro pensamiento que el del deber cumplido llenaba su imaginación mientras la Canning iba abriéndose paso en el océano. Lo embargaba el pensamiento del deber por cumplir…

Cuatro años antes, hallándose en Cádiz Matías Zapiola, oficial de marina nacido en Buenos Aires, le había dicho que en la lejana capital del virreinato rioplatense algunos amigos soñaban con independizarse. Pueyrredón, Rodríguez Peña, Lezica, fueron nombres que desde entonces cobraron para él una extraña sugestión. Alvear, Moldes, Gurruchaga se unieron a esa resonancia.

Las logias emancipadoras cubrían ya el nuevo mundo. Se presentó 1810 con su ambigüedad jurídica -la fidelidad al rey Fernando- y su realidad avasalladora. A fines de 1811 ya el movimiento americano era de naturaleza claramente definida. Fue entonces cuando San Martín, rompiendo con el pasado, acudió a la capital inglesa para reunirse con los suyos. Allí estaban Alvear, Zapiola, Chilabert, Avellano; allí llegaron Tomás Guido y Manuel Moreno, después de haber sepultado en el mar al secretario de la Primera Junta; allí concurrió a la casa que, consagrada por el verbo de Miranda, ya había sido la escuela revolucionaria de Bolivar, de O´Higgins, de Montúfar, de Nariño…

La fragata se acercaba, en los primeros días de marzo, a las aguas del Plata. Pocas jornadas más y aparecerían, en su banda occidental, los campanarios de Buenos Aires, los mismos campanarios cuyos bronces anunciarían al pueblo la victoria inaugural de San Lorenzo.

El héroe llegaba para convertirse, por sus actos, en patriarca. Se hallaba maduro para ello. En lenguaje indígena, Yapeyú significa: “El fruto que está en sazón”.

En estos días la figura del Gran Capitán de los Andes, presente en el bronce de las estatuas que levantó la gratitud de los pueblos liberados por su espada de guerrero y dignificados por su ejemplo de ciudadano, estará presente en nuestra mirada colectiva como la luz que señala el sendero. Las lámparas votivas que en toda la república evocan el ardor de su espíritu agitan su llama con brisas de eternidad.

Esa eternidad es la de los valores humanos que, concentrados en el héroe, hicieron de San Martín un prototipo. Esa eternidad es también la de un pueblo que tiene conciencia de la índole moral de su destino, forado por su adalid en los campos de batalla y en todos los escenarios donde le correspondió decidir la suerte de un continente.

Al exaltar hoy su gloria, hagámoslo no sólo con los cánticos triunfales, sino también con el rumor jubiloso de la tarea. Pongamos en función, más que nunca la memoria; el recuerdo lo vale. Pero añadamos obras. San Martín nos lo exige. Sepamos escuchar su voz en el silencio de las estatuas. Sepamos escucharla dentro de nuestro propio corazón…

Por: Ernesto Martinchuk

Ernesto Martinchuk

Periodista.

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