La marcha del tiempo: Días y años de una jornada

A partir de las invasiones inglesas, Buenos Aires perdió su aire soñoliento de aldea colonial. Ya no era solamente la guardia militar puesta siglos antes por España para cuidado de los ríos y la residencia de un núcleo de comerciantes hispanos que, en su modestia, añoraban la pujanza y el boato de los otros virreinatos de América, sino el centro de nuevas corrientes de ideas, el emporio de inquietudes políticas, la realidad viviente donde hombres de mentalidad moderna estudiaban la experiencia económica y la renovación cultural.

En corto lapso, el panorama cambió fundamentalmente. La marcha del mundo había influido, es cierto, al final del siglo XVIII y las discusiones del Consulado desde cuyo seno Manuel Belgrano intentó introducir cambios en el ambiente, entre ellos el del comercio libre, fue rechazado, quedando firme, en consecuencia, el monopolio, fueron signos de que algo se agitaba debajo de la superficie tranquila.

¿Qué eran, sino rasgos sediciosos, esos afanes del héroe futuro de popularizar la educación, llevando sus beneficios a las clases menos pudientes de la sociedad; de elevar la condición de la mujer pobre, brindándole oportunidades de trabajo adecuado a sus fuerzas y substrayéndola a verdaderas formas de esclavitud, entre ellas la más abyecta; de formar técnicos y artesanos a quienes entregarles la responsabilidad de diversificar y perfeccionar la producción, y por último, de crear las escuelas de náutica y de dibujo?

América -era evidente- o estaba conforme con su destino; esa disconformidad, que en el Río de la Plata se manifestaba tímidamente en los más esclarecidos nativos de estas tierras, fue percibida no sólo por quienes ejercían el poder en nombre de la monarquía, sino también por los españoles residente aquí, para los que el nacimiento de una clase autónoma significaba seguro e inminente peligro, para las posiciones que ellos tenían.

Aunque unidos para rechazar al invasor de 1806, hispanos y criollos separándose definitivamente bajo el fuego de los caños británicos. No sólo la resistencia, que dio la medida de la capacidad de heroísmo de nuestra comunidad, sino también la aptitud reconquistadora, añadidas a la defección del virrey, produjeron la mutación fundamental, acentuada como consecuencia del dominio napoleónico en la península y del consiguiente cautiverio del rey.

Confuso es el período que va de 1807 a 1809, no por insuficiencia en la investigación histórica sino por la naturaleza misma de las tendencias en pugna. Mientras por una parte, los residentes españoles, con don Martín de Alzaga a la cabeza, abrigaban el propósito de heredar para ellos las colonias americanas, estableciendo así una oligarquía que confirmaría en el derecho lo que de hecho existía casi sin excepciones, contándose asimismo entre ellos los que nada deseaban que significase la mínima infidelidad a la corona, por otra parte los criollos buscaban afanosamente las soluciones para una situación que consideraban insostenible, sin que entre ellos pudiese existir uniformidad de miras. De ahí que la democracia naciente no tuviese un único ideal en cuanto a la forma de gobierno.

Lo que había despertado, sin duda, era una conciencia americana y, por natural inclinación de amor del hombre hacia la tierra de su nacimiento, una sensibilidad nacional. “La libertad -escribió el biógrafo de Belgrano- era un anhelo vago hacia lo desconocido, la independencia era una esperanza remota, cuando ya los vínculos morales y materiales que habían ligado las colonias a su metrópoli estaban completamente relajados”. En efecto, esos vínculos prácticamente no existían.

La suerte de América debía resolverse en América misma, cuya españolidad profunda, que en el corazón de los criollos se negaba a aceptar el yugo francés, fue fuerza de choque contra el españolismo.

Esa fuerza fue madurando y se modeló bajo la acción de los acontecimientos. Abandonado el terreno por Liniers, caudillo que aquella había erigido, cuando el 30 de junio de 1809 entró en Buenos Aires, don Baltazar Hidalgo de Cisneros con los títulos de nuevo virrey, ya la revolución estaba triunfante en los espíritus.

Buenos Aires se inquieta

Exaltado Liniers al rango de virrey por la voluntad del pueblo que había hecho de él, como consecuencia de las invasiones inglesas, su caudillo, esa elección constituyó el primer acto revolucionario de los argentinos, llamado así oficialmente, por los cabildantes de Santiago de Chile. Pero si el guerrero francés ocupaba el Fuerte y contaba con el apoyo de los regimientos mandados por nativos, los resortes del gobierno seguían en manos de los españoles europeos, que formaban el núcleo dirigente del Cabildo y la Audiencia.

Esta -Real Audiencia Pretoria de Buenos Aires- sintió sin lugar a dudas que el suelo se movía bajo los fundamentos de su autoridad. Fue ella misma la que indirectamente anunció la inquietud porteña al publicar su bando del 18 de febrero de 1807, en el que pese a las ponderaciones a la lealtad de los vecinos, demostrada en la Reconquista y en la Defensa, ordenó el aislamiento de todos ellos en los cuerpos del ejército, dándoles tres días de plazo, con la advertencia de que, de no hacerlo así, se les impondría dos años de presidio y la confiscación de los bienes. Además, dispuso mediante el mismo documento que nadie podía salir de la ciudad sin su consentimiento, no bastando el permiso de ninguna otra autoridad constituida…

Pero, donde se revela, como en una página de la historia hecha ex profeso, el estado del ambiente,  es en el siguiente párrafo del bando: “…no debiendo ninguno distraerse de unas atenciones tan interesantes como son de la Defensa -se temía una nueva invasión- en cuyos objetos debe únicamente emplearse el tiempo y no siendo pocos los que disipan inútil y perjudicialmente pasándose muchas horas, y aún días enteros, en las casas de Café donde la misma concurrencia y falta de ocupación ocasiona que se formen corrillos donde se vierten y propagan noticias de toda clase, sin detenerse en que sean ciertas o falsas, prósperas o adversas, ni atender a que con esto se dé ocasión a que introduciéndose como se introducen, entre los cuales no faltarán algunos enemigos, y acaso espías de los mismo que no acometen, adquieren fácilmente ideas y conocimientos que deberían ocultárseles, y los pueden trasladar a los que pretenden destruir nuestra Religión y común felicidad; por tanto, para precaver tan graves males, se ordena y manda que ninguna persona, sea del estado, clase y condición que fuese pueda detenerse en las referidas casas de Café más tiempo que el preciso para tomar aquello que necesitare o apeteciere, sin juntarse en corrillos, ni fomentar conversaciones, pena de doscientos pesos de multa, o un año de destierro según las circunstancias de las personas; siendo responsables los dueños de los mismos cafés al cumplimiento de estas providencias”.

En el mismo bando se advertía acerca de la existencia de celadores secretos para que estén a la mira y den los oportunos avisos en caso de contravención.

Los medios con que contaba el gobierno colonial para ejercer vigilancia eran precarios, hallándose en un estado de abandono a la llegada del virrey Cisneros, como lo señaló en erudito estudio el historiador Francisco L. Romay. La policía estaba a cargo de los alcaldes de barrio, que no tenían otra ayuda que la de sus tenientes y algunos vecinos, y que se veían en la necesidad de actuar como jueces en pequeñas causas, además de llevar a cabo funciones de carácter municipal.

Dándose cuenta de las fallas de la vigilancia y del ambiente peligros que se iba creando, el sucesor de Linier adoptó medidas para mejorar la situación. Ellas no fueron suficientes como para desbaratar la organización de los patriotas pese a que, antes del arribo del virrey, vieron frustradas sus tentativas de impedir que asumiese el mando.

Las sociedades secretas de los argentinos pudieron funcionar en la jabonería de Vieytes o en las quintas de Orma y de Rodríguez Peña. Su voluntad se extendía por Buenos Aires merced a los servicios de agentes que, sin revelar de dónde provenían las insinuaciones, iban afianzando el espíritu revolucionario en las tertulias de los cafés y en las ruedas de las pulperías que alumbraban como ánimas en pena las noches de los arrabales…

Por: Ernesto Martinchuk, periodista

Ernesto Martinchuk

Periodista.

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